domingo, 17 de junio de 2012

El alemán

Por María Magdalena Lacentre


Cotidianamente cruzo o bordeo la plaza tanto a la mañana como a la  tarde y desde  principios del verano , observo  la presencia de  este personaje y la evolución de su aspecto.
Es un muchacho alto, esbelto, sus ojos son celestes y su cabellera rubia; los primeros tiempos lucía una vestimenta pulcra, moderna y de buena calidad; aspectos que se han ido perdiendo con el correr de los meses. Siempre está solo sentado en una mesa de la vereda del restaurante ubicado frente a la plaza , mirando insistentemente hacia ella o en un banco de la misma, claro que solo, es un decir, porque a su lado permanece fiel la botella de cerveza. 
Su mirada a veces está perdida en el más allá y otras recorriendo la plaza palmo a palmo como si tratara de encontrar a alguien entre sus diagonales.
No sé si es mi imaginación o en verdad escuché cierto día al pasar entre susurros la pregunta: ¿habrá otra plaza Azcuénaga  en esta ciudad  Argentina? Y a partir de esa frase comenzó la historia de amor y desencuentro de una morocha platense que llegó a Berlín con su alma llena de primavera  en busca de nuevas aventuras y conoció a un alemán de corazón otoñal que se deslumbró con su frescura; el tiempo pasó sin pausa, no hubieron días ni noches, todo fue vivido con la intensidad y la fogosidad de la juventud; ella deslumbrada por aquel hombre que en su intrincado español le mostraba una ciudad, que había renacido de entre las cenizas de un pasado traumático  y él por esa argentina desestructurada y loca , dueña de una pasión que jamás vivió con las alemanas que pasaron por su vida.



El amor nació entre ambos y fueron uno, recorriendo las calles de Berlín en los carros a pedal, perdiéndose entre los inmensos bloques de cemento  del laberinto que evoca a los caídos, posando alegremente bajo las columnatas de la Puerta de Brandeburgo, imitando  apasionadamente  a la imagen del beso de Honecker y Breznev, junto a la frase que reza “Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal”, que tal vez fuera un presagio de este insipiente y descabellado amor 
Era delicioso ver a una platense que bailaba polca y un alemán enredándose entre los cortes del tango, la noche los sorprendía recorriendo bares dónde fueron  dos eximios catadores de cerveza.
Así como en los cuentos, las historias tienen un final y los días pasaron sin clemencia, las vacaciones terminaron y la muchacha debía volver a su lejano país ;parecía cumplirse el presagio de la frase del muro y no imaginaban cómo harían para” sobrevivir a aquel amor mortal”
Las promesas fueron muchas y a pesar de la distancia, él juró que vendría a buscarla a Argentina, ella que lo estaría esperando y así permanecerían juntos para siempre. Fijaron una fecha y un lugar: sería el 24 de diciembre en la Plaza  Azcuénaga; ese día iba a nacer una nueva vida para los dos.
El alemán trabajó más duro que nunca, junto uno a uno los euros que lo llevarían al encuentro de su “morocha “y  cierto día ante la sorpresa de sus padres comunicó su viaje a la Argentina. La decisión estaba tomada y fueron infructuosos los consejos para disuadirlo, se marcharía en busca de la felicidad.
Desde el día de la partida parecía que los dioses se habían confabulado en su contra; por condiciones diversas el vuelo se había postergado para el día siguiente. Esto no lo amedrentó porque la alegría que lo invadía le permitía superar los escollos. Esperó impaciente el nuevo vuelo, ya no llegaría el 24, pero el 25 también era una buena fecha para festejar. 
De la travesía no quedaron muchos recuerdos porque en su alma y en su corazón sólo cabía la  imagen del rencuentro.
Arribó a la Argentina y quedó sorprendido ante un lugar tan diferente al suyo; ruidoso, desordenado, con gente tan distinta entre sí. Se sentó en un sillón del  aeropuerto, a la espera del transporte que lo trasladaría a La Plata y allí vencido por el cansancio, se durmió. Su sueño fue el más hermoso de su vida y su despertar el más desesperante, le habían robado el maletín dónde estaba la agenda y el celular.
Descorazonado por la situación quería recordar todos los datos que lo llevarían a su amada y en su mente no aparecían más que dos nombres “Gisel” y “Plaza Azcuénaga”.
Llegó a la ciudad de La Plata, llegó a la plaza Azcuénaga, pero no eran ni el día ni la hora convenida… y Gisel no estaba.
Se alojó en una pensión cercana y desde allí todos los días sale a buscarla, mirando una a una a las jóvenes que pasan por su lado; los fines de semana cuando la plaza se transforma en una bulliciosa feria llena de gente, camina alterado mirando para todos lados ,con la esperanza de ver a su “morocha Gisel”.
Los meses han pasado y su aspecto desmejora día a día, ya no brillan sus ojos celestes, se lo ve abatido y triste, la ropa desaliñada y sucia, el tiempo y la angustia dejaron marcas en su rostro que envejeció repentinamente… ya no es el” hermoso alemán de la plaza”, sólo   permanecen inalterables y  a su lado: el recuerdo de Gisel y la botella de cerveza.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario