por Ana María Carballo
La primavera en las sierras era magnifica, un sol abrazador iluminaba las mañanas y hacia la tarde soplaba una brisa suave que permitía desde el balcón mirar el cerro sin descanso y admirar sus cambiantes colores .Como pequeñas marionetas, se observaban caminar fatigosamente a los turistas en la pendiente de sus angostos caminos.
Diariamente por la altura y desniveles del terreno, se veían y se saludaban los vecinos, y los grupos que pasaban a caballo transitando el paisaje.
En el rincón opuesto había una casa cercana, nos extrañaba el silencio de sus habitantes, por la mañana salía la señora en bicicleta hacia el pueblo, apenas saludaba, y transcurrido algunas horas , volvía por la cuesta empinada empujando su bicicleta, y presurosa entraba a su casa. Día a día repetía ese trayecto.
En la semana colgaba en la soga alguna ropa recién lavada que permanecía tendida por mucho tiempo.
La señora de figura desgarbada, la piel de su cara, áspera y seca, a pesar de ser joven, y con el pelo liso y suelto. Muy temprano, a la mañana, en una saliente de la casa practicaba extraños ritos con amplios ademanes y movimientos, mirando con sus ojos tristes el cerro.
Pasado un tiempo, un día, asomo a la puerta otro habitante de la casa, un muchacho joven, callado, y hosco, el cual manejaba una inmensa camioneta, que trabajosamente entraba apenas en el garage de la casa.
Era evidente que la presencia de vecinos les molestaba. No aceptaban ningún gesto de buena vecindad. No compartían con nadie si siquiera los datos del tiempo,
Nos enteramos que eran españoles, por los breves saludos que intercambiaban.
El misterio rodeaba la vivienda. La terraza y el garage se veían abarrotados de cosas.
No apreciaban, ni disfrutaban del jardín y estaban casi siempre adentro, Sus ventanas permanecían apenas abiertas, la inexistencia de visitas o de amigos, hacia que aumentara la curiosidad del pueblo.
Y cuando llegaron las fiestas, no hubo ni un signo de festejo, ni un adorno, ni luces, ni el típico ajetreo previo. La oscuridad y la soledad aumentaron el misterio, aparentemente no necesitaban del gesto cordial, ni de cariño de los vecinos del pueblo.
Así se tejieron mil historias: que vinieron de España, que no eran madre e hijo, sino amantes desparejos, que solo se escuchaba el ladrido del perro, que eran refugiados políticos de algún disuelto movimiento extremo.
En fin los meses fueron pasando, y continúo el silencio, no pronunciaban palabra, y así despaciosamente un día ellos se fueron y dejaron a todos con muchos interrogantes, y en un total desconcierto.
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