Estábamos en la estación dos horas antes de la partida. Mis padres no podían controlar mi ansiedad. Yo quería ver como el tren llegaba, frenaba y se estacionaba para que pudiéramos ascender. Era mi primer viaje y de solo pensar que iba a permanecer durante 20 horas en él, recorriendo todos los vagones, coche cama, comedor y salón de juegos, mi corazón golpeaba frenéticamente en mi pecho.
Como el auto viajaba con nosotros, en los vagones destinados a su transporte, la compañía ferroviaria daba la opción de llevar el coche dos horas antes de la salida o durante las horas de la mañana.
Mis padres se decidieron por esta última opción, para no tener que controlar a cuatro chiquillos que seguramente correrían entre la gente. Lo que no tuvieron en cuenta fue que yo con solo cinco años no los dejaría descansar ya que estaba nerviosa pensando en que íbamos a perder el tren y con ello la aventura que había imaginado.
Seguramente adivinan lo que pasó, en la estación nos dedicamos a correr por el andén, la sala de espera y la boletería, amen de ir cada 10 min al baño.
Cuando subimos al tren nos obligaron a quedarnos en el coche cama hasta que salimos de Buenos Aires, luego nos llevaron a conocer el resto de los vagones.
Jugamos a distintos juegos de mesa en el salón, mientras tomábamos la merienda. A la hora de la cena, fuimos al coche comedor a cenar, ocupamos dos mesas, nos hablábamos a gritos contándonos que íbamos a comer.
Después fuimos a caminar de una punta a la otra, recorrimos los treinta vagones como quince veces, nuestros padres estaban agotados y nosotros seguíamos descubriendo cosas nuevas.
Por último y ya cansados nos metieron en el camarote, previo paso por la toilette. Dormir no dormimos, nos pasamos la noche tratando de adivinar por donde andábamos, a mi padre se le había ocurrido llevar un mapa con el itinerario marcado. Cuando por fin amaneció y el sol apareció en el horizonte los seis estábamos tan cansados que nos arrastramos al comedor a tomar el desayuno mientras el tren entraba en la estación de Bariloche.
Esperamos dos horas a que nos bajaran el auto, fuimos al hotel y mis padres cancelaron la excursión que teníamos programada para esa tarde ya que nosotros dormíamos tan profundamente que no pudieron despertarnos.
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