martes, 12 de junio de 2012

Noches de un antes que se añora


Por Virginia Amado


   Cuando ella era chica, tenía una familia grande.
   Los sábados por la noche, su casa era el lugar de reunión de tíos, primos y abuelos.
   La cena eran las tradicionales pizzas o empanadas y muchos maníes previos. 
   Fabián y Fernando, los primos terribles, mostraban su lado vehemente, con caprichos ante los que las nenas sobre todos quedábamos como observantes, muy calladas.Y la reprimenda de los padres.
   Luego, los hombres quedaban en la mesa de la cocina jugando al truco, y las mujeres, en una división genérica de intereses y porque sí, se iban al living a conversar de temas varios.Eran muy compinches esas damas de su familia.
   Más tarde, el aroma del café , humeando desde la cafetera que anunciaba con borbotones en su cabeza de vidrio que ya estaba listo, y alguna torta casera, se combinaba con los pochoclos que el padre hacía para delicia de todos menos de ella que con sólo sentir el olor, se escondía en el baño o en un cuarto en la inocente creencia que ese sitio estaría libre de la sensación esparcida por toda la casa.
   Generalmente era en invierno, porque en verano era más fácil....se salía a correr al patio o la vereda porque no existían más peligros que las conocidas peleas de los varones, y algún sacudón de los primos terribles que la hacían llorar.
   A cierta hora, algunos chicos ya dormían, y empezaban las conversaciones de grandes.
   Ella siempre fue perceptiva y aunque no la vieran, se las ingeniaba para estar  en algun lugar desde donde escuchaba.Los ha mirado tanto a todos que nada se le olvida.
   Y empezaban las charlas de aparecidos, tan elocuentes en la voz de Chacho,tan de ensoñación en la voz de Nelso, el mayor que a veces venía,  cuando Delia lo dejaba hablar y tan descreídas en la voz de Beto.
   Hugo a veces las actuaba.Era muy morocho y sus dientes tan blancos en la risa.Ella recuerda que una vez,  se levantó y se fue.Al rato tocaron el timbre y saló con su mamá a abrir y se encontraron con alguien , que de rodillas, envuelto en un saco las asustó desde el umbral . Y eso, sumado al tenor de la conversación les dio tanto miedo, hasta descubrir que era Hugo y todos reían.Las mujeres, calladas.Escuchando a sus hombres convencidas.Y Cacho, que vivía en el campo, era el que acercaba "la luz mala".
   En medio, ella recuerda el temor mientras todos la creían en la habitación.Mari duerme.  
   Porque algun chico más pequeño estaba en brazos de su madre, pero no entendía.Ella sí, con sus 7,8 años, de los de antes.
   Y "la viuda de negro" y "el chancho" que era un disfrazado o"el fantasma" que una vez se cruzó a un auto y éste no pudo avanzar.O los aparecidos en el cementerio...
   Sólo pensarlo ahora le humedece los ojos....Porque eso era tambén su infancia, porque estaban todos cerca, porque había papá y mamá, porque no había miedo de perderlos,porque era una niña  tan sensible y no sé si se daban cuenta.
Creo que la única que lo advertía era al abuela Chiquita, que ella nunca  sabrá si por miedo o por estar cerca , con ese instinto maternal innato ,se retiraba de la reunión y venía con su tejido al cuarto, sentadita en la otra cama, en silencio o con una sonrisa que le decía tantas cosas.
   Porque hoy, ya mujer, ha cambiado esos miedos por otros, más adultos y de ciudad, más internos y en relación a las pérdidas, menos fantasmales y más concretos.
   A veces piensa que no le importaría volver a acurrucarse solita de miedo en aquel cuarto tan lindo de infancia, con tal de volver a tenerlos, mucha familia y tantas voces, figura importantes que marcaron su niñez, cuando había papá y mamá. Y cuando entre los juegos,se colgaba alguna de estas estampas de pueblo, teñidas de terror pero también de magia.
 

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