domingo, 16 de septiembre de 2012

Soledad, miedo


por Alicia Lasala

Analía vivía en una casa que le había quedado enorme desde que se separó de su esposo y aunque su hijo de diez años estaba con ella, él iba, venía, se quedaba a dormir en la casa de sus compañeros a veces, sobre todo los fines de semana o cuando tenía que hacer tareas complicadas y otras, en casa de su abuela, con su padre.
A Ana no le gustaba la soledad de tanto espacio deshabitado, arriba, abajo. Le daba miedo, sobre todo por las noches. Pero se propuso no retener a Augusto como si fuera el reemplazante de la compañía de un marido que estando, nunca estuvo.
Cuando llegaba de trabajar, regaba las plantas, andaba un poco en el jardín tomando el aire del que se veía privada en la oficina durante ocho horas. Algo reconfortaba.
Trataba de ir armando un mundo sencillo con esta realidad. Desde este “nuevo modelo de familia”, como le decía la psicóloga, tratándola de convencer que los tiempos cambian y que ya de la estructura tradicional queda poco. A ella le dolía que los tres anduvieran cada uno por su lado, con proyectos distintos en los que uno no incluía al otro, tan solo por salvarse. Le parecía un recurso del psicoanálisis para insertar a los miles que estaban como ella, con el menor costo de tristeza y depresión,  dándole a estos  cambios un nombre que les otorgara cierta jerarquía.
No estaba estable. Era muy pronto. Tenía días mejores y peores.
Un martes por la tarde llamaron por teléfono preguntando por Soledad. Ella contesto:    -equivocado-.
A partir de ese día, todos los que siguieron la misma voz preguntaba por esa mujer. Después de varios intentos, Analía cansada dijo –acá no vive ninguna Soledad, ya se lo he dicho, no insista- Pero el hombre dijo que sabía muy bien que Sole estaba allí, que el número era cuatrocientos cincuenta y uno cinco uno cinco dos y que quería saber porque no lo dejaban hablar con ella. 
Analía ya molesta le dijo que efectivamente ese era el número, pero que ahí no había ninguna persona con ese nombre.
Cortó la comunicación pero se quedó con una sensación de incertidumbre, de incomodidad. Como  si alguien estuviera metiéndose en su casa con una obsesión que no acercaba nada bueno.
Y entonces recordó al flaco de la bicicleta que vió el día que llegaba a la tardecita con Augusto,  y que cuando se sintió descubierto corrió de la vereda al cordón, saltó a la bici y salió andando sin darles tiempo a preguntar que buscaba.
Pasaron dos meses y el ritmo de las llamadas siguió, aunque un poco más espaciadas.
Un miércoles que Augusto iba a dormir con su padre a la casa de la abuela, Ana había invitado a cenar a un amigo del trabajo.
A las veintiuna treinta llegaría Ernesto. 
A esa hora sonó el timbre. Ana hizo lo que nunca. No preguntó quién era y abrió la puerta. 
Frente a ella estaba un hombre delgado, con los ojos totalmente volados, como enrojecidos por el alcohol y otras sustancias. Se lo veía mal. Parecía que su mente había quedado atrapada en otro lado, como detrás de una frontera desconocida.
Se le heló la sangre. El miedo la dejó tensa, indefensa. Se fortaleció y le preguntó que necesitaba. Y hablando en forma confusa, balbuceando, le dijo que buscaba a Soledad. 
Ella resuelta, no sabe como, le dijo – ya le dije que acá no vive, que no llamen más por teléfono, que dejen de molestar- y dió un portazo, cerró violentamente la puerta y se desplomó de espaldas sobre ella con todo su peso, sostuvo su cuerpo hasta que se repuso del tembladeral que la recorría como un río enfurecido.
Cuando vino Ernesto cenaron y conversaron en el comedor diario. Este espacio daba a la calle y tenía una ventana que abría a un pequeño jardín que descansaba al empezar la vereda y en la entrada de la casa.
Cuando Ernesto se fue, a los cinco minutos tocaron el timbre. Ana creyó que se había olvidado los cigarrillos. Pero igual preguntó. -¿Quién es?-
Pero del otro lado nadie contestó.
Ella se inclinó silenciosa para mirar por la mirilla de la cerradura y encontró que no tenía visión para afuera. Eso significaba que alguien estaba apostado del otro lado, oscureciendo mas la noche. 
Analía no sabía que hacer. Era más de media noche. Pero no podía arriesgarse a quedarse sola. ¿Y si intentaba entrar? La casa no era segura, nadie sabía que él estaba ahí, en ese momento.
Entonces, llamó a la casa de la abuela de Augusto, donde estaba su ex esposo. Era a menos de una cuadra de la de ella. 
Leonardo estaba al tanto de lo que había pasado cuando abrió la puerta porque le pudo contar cuando vino a buscar a Augusto. 
-Voy para allá- le dijo sin dudar.
Cruzó corriendo, descalzo como se levantó de la cama y cuando se iba acercando vió a un hombre apoyado en la puerta de su casa.
Leonardo, que parecía tranquilo, en las situaciones límites sacaba la ira que la vida le había obligado a guardar bien adentro, le gritó que estaba haciendo ahí. El tipo muy deteriorado no podía responder con coherencia. 
Leo se acercó, le dijo que esa era su casa, que no tenía nada que hacer allí, que no quería volver a verlo, que ese era un aviso, que la próxima vez, lo mataba a trompadas. 
Lo fue empujando hasta el cordón donde tenía la bicicleta y ahí le pegó un empujón. Tambaleando se apoyó en la bicicleta y nunca más volvieron a verlo por el barrio, ni se escuchó su voz en el teléfono.
Por la mañana vieron que había pisadas en el jardín y que llegaban a la ventana. Eso les dió la pauta de que estuvo todo el tiempo ahí cuando cenaban Ana y Ernesto y por eso, tan rápidamente sonó el timbre cuando éste se fue.
Nunca supieron como surgió esta confusión, porqué este hombre manejaba datos ciertos como la dirección, el teléfono. Tampoco conocían a ninguna mujer con ese nombre. 
Después, cuando decidieron poner rejas, supieron por una vecina, que hacía unos meses en el escaloncito de la entrada a la mañana cuando no había nadie, llegaba una parejita, hablaban, se despedían, él se iba primero y ella se quedaba. Al ratito empezaba a caminar y se alejaba. 
Hasta que no los vieron más.
Seguramente, ella debe haberle tenido el mismo terror que generó en Analía esa figura casi fantasmagórica, tan cercana a la locura, para ocurrírsele inventar una historia que la pusiera a salvo, haciendo que le perdiera el rastro. 
Claro que esa niña Soledad, porque dicen que mas de quince no tenía, no pudo imaginar que en esa casa vivía una mujer llamada Analía, que también sufría el miedo a la soledad, todos los días.


Alicia Lasala
13 / 09 /12

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