martes, 16 de octubre de 2012

Barcos de papel


por María Magdalena Lacentre


Los truenos y el ruido de las gotas sobre la chapa me despertaron feliz, hoy  la mamá de Betty nos haría tortas fritas...tan deliciosas, tan redondas y con aquel agujero en el centro cuya única finalidad, para mí, era introducir un dedo y hacerlas  girar. Rápidamente me incorporé de la cama y corrí hacia la cocina para rogarle a  mamá permiso para "ir a la vereda" .Desayuné inquieta y apurada y después que mi madre me peinara los cabellos castaños de corte cuadrado, al igual que el flequillo; obra destacada de "Negrita", la vecina encumbrada, que estudiaba para maestra; me dirigí hacia mi objetivo 

Regordeta, con unos ojos vivaces y redondos, tan redondos como la cara, vestida de pies a cabeza con atuendos heredados no sé de qué prima o vecina; estaba pronta esperando a mis amigos.
Había parado de llover y con alegría, vi como el agua corría  bordeando el cordón  de la calle empedrada, para caer como catarata sobre la esquina de tierra .Desde la otra cuadra, apresuradamente con unos diarios bajo el brazo; se acercaba Alicia y tras ella, alertados por el misterioso llamado de la amistad, comenzaron a llegar los otros chicos del barrio. 
Tortas fritas, gritos, risas; carreras y la mañana llegó a su fin tras el llamado de alguna de las madres de la barra, era hora de volver y así lo hice .Mi regreso  fue traumático: la cara llena de lunares de barro, las manos increíblemente sucias, la pollera tableada chorreando agua y los pies haciendo ventosas dentro de las   “Pampero”.
El resto del día lo pasé en la cama esperando que se secara mi único par de zapatillas y la pollera tableada.
No recuerdo cuán grande fue el reto de mi madre, lo que sí tengo vivo en mi memoria que es que ese día fue glorioso y  mi corazón palpitaba de emoción porque ese día mi barco había llegado entero y se consagró CAMPEÓN.

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