por Alicia Lasala
Cierro los ojos y veo una niña, pelo castaño y llovido, flaquita, puro hueso. Ojos grandes y tiernos, manitos que me cuentan que tiene dos añitos. Con fuerza abre la puerta y me invita a seguirla. Vamos por un pasillo donde reconozco los pisos de mosaico y los azulejos. Son de esos colores que no se van a ir nunca.
Ella me toma de la mano y me cuenta que mejora de su enfermedad, que su padre la lleva y la cura y la cuida como si se tratara de una muñeca con piel de seda.
Seguimos caminando y al abrirse la siguiente puerta, la mano que me guía ha crecido y tiene el doble de tamaño. Me habla de que le gusta dibujar, mirar libros con pinturas. Que su hermana empezó la escuela y ella también quiere aprender. Pero por ahora hace palotes, imita las letras, juega con los colores. Pero quiere que el tiempo corra rápido para tener un portafolio como el de su hermana donde ella guarda todo y nadie, nadie lo pueda tocar. Y una lapicera de tinta igual, es una joya.
-¿Viste? –me dice- ha costado mucho esfuerzo reunir todas estas cosas. Mi madre dice que valdrá la pena haberlo hecho porque esa niña es muy virtuosa. Y así lo demuestra cada día. Y mi madre no deja de admirarla y de hacer que todos la admiren-
Ahora me hace ir más rápido. La puerta que empuja se vuelve liviana porque la niña ya es más alta. Sigue siendo una pluma. Me muestra contenta su cuaderno de primer grado y los dibujos. Pero siente nostalgia. Me doy cuenta y le pregunto porque. Y ella dice que con la hermana María del Rosario se querían mucho, tanto que cuando ella se enfermó al terminar el año la monja le completó el cuaderno porque era el más hermoso de la clase y era penoso que quedara incompleto.
-¿Por qué te entristece recordarla? –le pregunto.
-Porque nadie volverá a valorarme como ella en estas aulas – contestó.
De repente se emociona, lo advierto y me toma de las manos y me cuenta que algo maravillosamente raro ha sucedido en su casa. Hay una niña que se parece mucho a los bebes que ella acunaba desde siempre. Pero esta tiene vida, movimientos, sonidos. Me ha dicho mi padre que es mi hermanita menor. Ella llegó así, sin aviso. Pero para mí fue una explosión de alegría -¿Sabés? Yo quiero alzarla, pasear con ella, sacarla a que tome el solcito en la vereda. No quiero separarme porque siento que nos vamos a necesitar, nos une el buen amor- Se quedó pensando y agregó – sospecho que así va a ser toda la vida. Con el mismo amor, nos sostendremos-
Seguimos abriendo puertas y ya estamos abrazándonos con sus once años. Ahí me cuenta que vive momentos difíciles, que no sabe que pasa con su cuerpo. Tiene miedo, cree que algo malo le ha vuelto a pasar. Pero esta vez no es esa víbora asquerosa que su cuerpo expulsó cuando tenía ocho años. -Ahora es peor, ahora es sangre – dijo.
Ese día, me cuenta que lloró en la escuela y pálida como un espectro cuando volvió del baño al aula, le pidió a la señorita Julia que llamara por favor a su padre para que la viniera a buscar. Él la llevó a su casa, la acostó y le brindó los cuidados a los que ya la tenía acostumbrada.
-Pequeña, no te han explicado, pero estás creciendo y lo que te está pasando es natural en una niña. Es tu cuerpo que se prepara para la vida. Para que disfrutes como mujer y también como madre- le dije conmovida.
Dijo que Julia, al día siguiente dio una clase y habló por todos los padres que no tenían ni la menor idea de cómo hacerlo. Gracias a ella se disiparon todas las dudas y los miedos.
Ahora sale corriendo ¡casi no puedo alcanzarla! Se mete por todos los escondites de ese túnel raro pero luminoso que vamos atravesando.
Yo la llamo y le pido que no me deje, que no se vaya. Ella sonríe. Le pido que me permita alcanzarla, que todavía debe haber cosas de las que no hemos conversado.
Entonces se vuelve, me acaricia el pelo y las mejillas, apoya sus manos suaves en mis hombros y me dice:
- Debo confesarte que me gusta que pienses en mí. Pero ya es hora de que sueltes los dolores que sufrí. No te ayuda –continuó- seguir sosteniendo el peso de las comparaciones odiosas que se generaron en casa respecto de no ser como la hermana mayor y que repetían los profesores en la escuela. Ya has analizado muchos años la historia familiar. Nuestra madre tuvo una hija y después dos niñas más. Pero no tenía tanta capacidad de amar. Por eso ha estado ausente. Indiferente. Concentrada en su primera maternidad, como única. Lo que vino después, se convirtió en un peso también para ella-
-No pudo superar el modelo de la abuela- sentenció.
Y agregó -Nosotras quedamos solas cuando papá se tuvo que ir. Pero él nos dejó llenas de tesoros las manos y el corazón. Eso es lo que nos tiene que servir para seguir-
Escúchame -Quiero que me recuerdes, pero en sus rodillas, cuando él te cantaba, en la playa libres y felices, entre peces, piedras y erizos de colores. Sentados en el parque los domingos, en las noches de verano en la vereda. Que evoques los abrazos, los sueños y la vida que pasaba exactamente por esa coordenada en la que papá marcó siempre el punto exacto-
-Soltá todo lo demás. Quedate con esa Alicia que vibraba, que vivía juntando los colores, que tenía la cabeza llena de fantasías, que creaba personajes, hablaba sola, se preguntaba y contestaba-
Entonces fue que continuó serena:
-Quiero que seas esa, porque si pudieras liberarla de la nostalgia, hoy estaría intacta-
Mi corazón latía cada vez con más fuerza. Lo sentía agitado y parecía que todo lo que me atravesaba el cuerpo retumbaba hacia afuera. Lloré con la congoja de cuando era una niña y había perdido mi única muñeca.
Me sobresalté con la puerta que se cerró por un viento fuerte que sopló de golpe.
Miré para el costado y vi cómo delicadamente en la ventana, la cortina de bual se iba abriendo y ella me saludaba con la mano imitando el movimiento de los dedos que hacía papá cuando yo partía de las estaciones.
De pronto, la cortina cayó. Todo se cubrió de niebla. La ví alejarse de espaldas a mí, hasta que su imagen se desvaneció en el aire.
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