por Irma Giménez
No recuerdo bien qué año corría, 1973 o 1974. Estábamos pasando un sábado tranquilos en nuestro departamento, Andrea, su amiga Silvina y yo. De pronto, llega el papá de Andrea acompañado de un capitán y un soldado conscripto. (Nuestro departamento está situado frente donde fuera el Regimiento 7 de Infantería). A nosotras se nos ordenó permanecer sentadas donde estábamos. El capitán y Rodríguez pasaron al interior de la casa, donde no quedó mueble y cajón sin revisar.
El soldado tenía cansancio, se le notaba en la casa y ahí estaba firme con un arma en sus manos, en voz muy baja le pregunté qué es lo que está pasando; el pobre chico me respondió con voz más baja aún que la mía en un murmullo:
- Estamos jugando a la guerra -tenía puesto desde las cinco de la mañana un chaleco antibalas y se sentía molesto.
Mi hija y su amiga lloraban abrazadas y yo muerta de miedo quedé temblando, sin tener noción de lo que pasaba, lo más inverosímil cruzaba por mi mente, ¿qué era esto? ¿En qué terminaría? ¿Qué estaba sucediendo en mi casa? ¿Por qué? ¿Por qué?
Le pedí permiso para abrir la puerta que da al palier y sin mirar si me decía sí o no, salí. Ya Jorge del 9A estaba atento por lo que pudiera pasar. La escopeta, le dije. Sí, ya está debajo la heladera. Jorge con su familia los domingos se va de caza.
Se fueron pasada media hora más o menos. Nadie puede imaginar nuestro terror, nuestro desconcierto. Ahora lloramos de alivio y al mismo tiempo reímos. La requisa o el allanamiento fue en todo el edificio. En nuestra casa no encontraron nada, aunque no sé qué buscaban.
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