viernes, 31 de octubre de 2014

Frente a una persona notoria

por Raúl Jasale

Yo solía concurrir con  mi amigo Antonio, casi todas las semanas, a una parrilla de bohemios que se llamaba el “Boliche de Ricardo” (por el nombre de su propietario, Ricardo Crespi), donde además de gustar de una buena carne asada, bien  regada con vino tinto, disfrutaba viendo tocar el fuelle a don Tulio Bartolini -bautizado “el último bohemio”-, un hombre tanguero que con su vestimenta y su repertorio de tangos y milongas de la más pura tradición parecía un personaje de otra época, un personaje “de película”.
Me había convertido en un admirador de él, me embriagaba el estilo de la música que con sus dedos arrancaba de su bandoneón. Tan era así que en una libretita de agenda que llevaba tenía anotados los lugares nocturnos en que se presentaba don Tulio con su bandoneón cada día de la semana. Así, cuando tenía deseos de verlo  sabía dónde encontrarlo.
Incluso terminé cultivando una amistad con él, extensiva a mi padre, a tal punto que conduciendo su pintoresco Jeep -ese modelo que en otra época era usado por el Ejército- se aparecía de visita en  mi casa. Allí, mi padre, ya acostumbrado a esas periódicas visitas, le servía una picadita y el infaltable vaso de vino tinto. También yo iba cada tanto a su casa, especialmente en el día de su cumpleaños -el 20 de junio-, día en que su casa desde la mañana permanecía abierta a quien llegara, siendo la consigna ir con algo en la mano, sea carne para poner en la parrilla ya ardiente, algún alimento, bebida, o algún regalo.
Cuando se celebraba en mi casa algún cumpleaños, don Tulio era invitado especialmente y con su presencia y su música nos deleitaba. Nunca me fallaba. No obstante tener prácticamente ocupadas todas las noches tocando el bandoneón “a la gorra” (él ponía a su lado un plato, donde voluntariamente se podía contribuir con alguna moneda o billete, como “propina”), siempre cumplía y venía para participar en la celebración familiar, aunque llegara bastante tarde.
Un personaje digno de memoria, don Tulio Bartolini, por el que me apené mucho cuando se fue para no volver, dejando un vacío doloroso.
Pero quiero relatar otra cosa.
El introito me sirve para presentar el clima, el ambiente,  donde se desarrolló un encuentro que nunca olvidé, en el “Boliche de Ricardo”.
Entre los clientes-amigos que allí se reunían consuetudinariamente había u n escritor, que fue presidente de la Sociedad de Escritores de esta Provincia, el profesor Héctor Rivera. Era un hombre culto, pero amigo de la bohemia, admirador y fiel seguidor de don Tulio y su música tanguera en ese boliche.
Siempre delicado y cortés en el trato, ocurrió que en una ocasión, en la parrilla de Ricardo Crespi, me comentó -a modo casi de confidencia- que en un próximo día (que concretamente me indicó) iba a venir a la parrilla un personaje protagónico en derredor de un hecho histórico, y que aquilataba en años pasados una larga lucha gremial y política: Cipriano Reyes.
Iba a venir, con un grupo de gente amiga -anteriores compañeros de ruta en su lucha- a rememorar, en una suerte de acto modesto, casi privado, la victoria del peronismo en las elecciones generales del 24 de febrero de 1946. En realidad, Cipriano Reyes era un gremialista en la actividad frigorífica, en Berisso, y se convirtió en líder del entonces importante Partido Laborista. Cuando surgió la figura de Perón, ganando mucha ascendencia entre los trabajadores desde su gestión en la Secretaría de Trabajo y Previsión, el Laborismo puso a disposición de Perón su infraestructura partidaria.
Reyes llegó a desempeñarse como diputado nacional, pero fueron surgiendo diferencias entre ambos líderes, lo que determinó que fuera quedando en un segundo plano, cayendo lentamente en una progresiva decadencia política él y el Laborismo  vernáculo. Inclusive tuvo que sufrir cárcel en esos tiempos.
Largos años después, tener la oportunidad de encontrarme cara a cara con  el mismísimo Cipriano Reyes, me hizo vibrar.
El atento profesor Rivera me recomendó llegar temprano esa noche, para asegurarme una mesa en el boliche.
Quise hacer partícipe de eso a mi madre -mi padre no era de salir de noche y menos con un motivo así. Era un hombre de trabajo, dedicado totalmente a cumplir su rol de jefe de familia, al frente de su negocio de tienda de barrio. Ella solía ser muy buena acompañante cuando yo tenía que hacer una que otra diligencia con el Peugeot 504 que teníamos y le proponía venir conmigo. Nunca decía que no. A veces, por las noches la invitaba a ir a una heladería céntrica a tomar un buen  helado y por supuesto que aceptaba gustosa.
Pues, entonces, sucedió que me aparecí con mi madre esa noche, con una gran expectativa y, sin inconveniente alguno, nos ubicamos en una mesita.
Después de un tiempo vimos llegar una comitiva, en la que estaba Reyes, que ingresó portando un grabador, seguramente para registrar sonoramente el acto recordatorio del acontecimiento que iban a evocar.
Pasaron por el local donde estaba el público y se instalaron en una larga mesa preparada a los fondos y que desde mi lugar podía observar. Vale aclarar que el dueño de la parrilla, Ricardo Crespi, era amigo de Cipriano Reyes, ya que habían sido compañeros de trabajo en la actividad frigorífica en Berisso.
A la distancia pude avizorar el momento del uso de la palabra en ese acto, que estaba siendo grabado por Reyes.
Hasta aquí todo previsible. Pero lo que pasó más adelante fue algo que me sorprendió. Ocurre que en un momento dado, cuando las agujas del reloj habían avanzado bastante, vi de pronto como venían hacia nuestra mesa el profesor Rivera acompañado por el mismo Ciprino Reyes. Al llegar, Rivera nos presentó casi ceremoniosamente ante el nombrado, agregando algo así -no recuerdo literalmente- como que éramos partidarios, lo cual no sé a quién asombró más, si a nosotros o al antiguo líder laborista, que esbozó una sonrisa de oreja a  oreja ante semejante “hallazgo”: hay que tener en cuenta que el partido Laborista en Argentina ya era una agrupación política desparecida, que sólo sobrevivía en los textos de la historia.
Yo, por aquéllos tiempos inquieto y encendido, aproveché ese inesperado encuentro para intentar concertar una charla personal, en otro ámbito y con más tiempo disponible, con Reyes , y así dejé abierta una invitación que le hice a una cena, cosa que en ese momento aceptó, quedando acordado que yo me comunicaría telefónicamente con él para fijar la fecha de la reunión. Yo estaba entusiasmado: ya me veía sentado en una cena compartida, preguntándole por la histórica jornada del 17 de octubre de 1945, de la cual él se ha considerado el mentor, como lo sostuvo en su obra “Yo hice el 17 de octubre”. Lo llamé por teléfono varias veces y el encuentro estuvo a punto de concretarse, pero siempre, por una causa u otra, la cosa se dilataba y finalmente no pudo ser.
Pero la vida tiene giros sorpresivos. Pasados algunos años, en un atardecer mientras yo estaba en mi escritorio escuché el timbre de calle y cuando salí me encontré que Cipriano Reyes en persona, acompañado por su hija había venido con un automóvil a invitarnos a una conferencia que iba a brindar en el Centro Socialista, de la calle 49 entre 9 y 10, ya no sobre política sino como escritor. Yo no lo podía creer. Se ve que había guardado cuidadosamente una tarjetita personal que le había dado en aquél encuentro en  el “Boliche de Ricardo”. 
Lo triste fue cuando me dijo que venía a invitarme a mí y a mi madre a la conferencia (si yo tenía padre y sí vivía él no sabía, ya que sólo nos había conocido a mi madre y a mí). “Mi madre falleció”, le dije con pesadumbre.
Lo invité a pasar al living  comedor, rápidamente entré a la cocina contigua donde estaba mi padre preparando la cena y le dije, caso agitadamente: “ Vení, vení. ¿Sabés quién está en casa? Cipriano Reyes!”.
Allí se saludaron, e intercambiamos algunas palabras.
Llegada la fecha, concurrí -un poco nostálgicamente, porque recordaba el primer encuentro en el que estaba mi madre- a presenciar esa conferencia, que fue muy concurrida.
Transcurridos muchos años desde entonces, en esta evocación rescato dos cosas: un episodio en lo personal en el que el azar del destino me hizo cruzar con un personaje notorio allá por los años 40 y ocupa un lugar en la historia política argentina de la primera parte del siglo XX. Y lo otro, es directamente curioso: nunca hubiera podido imaginar, como ocurrió en ese recordado encuentro cuando el profesor Rivera nos presentó a Reyes, que un tercero “nos hubiera afiliado”  verbalmente y en un instante a un  partido, que, para más, “estaba muerto”… 

No hay comentarios:

Publicar un comentario