por Raúl Jasale
Cuando el profesor del
Taller de escritura, Mariano, dio como consigna un recuerdo de la
escuela secundaria, inmediatamente vino a mi mente la evocación de
una profesora que dejó su huella marcada en mí.
Fue mi profesora de
literatura en la Escuela Normal Nacional Nº 3 “Almafuerte”, de
la calle 8 y 58 de esta ciudad de La Plata.
Se destacaba como una
mujer refinada y culta.
Tengo en mi mente el
impacto que recibí cuando una tarde de un sábado la vi conduciendo
un programa de cultura en el viejo canal 7, que era el único que
existía por entonces, y “me puse como loco de euforia” por “el
hallazgo”, anunciando a viva voz en mi casa: “Miren, miren: esa
es mi profesora de literatura!” Ella era la conductora habitual de
ese ciclo.
Pero además de su vasta
cultura, era una adelantada en la modalidad que imprimió a su labor
docente.
Ella inauguró una
experiencia nueva para nosotros, como fue la de organizar
invitaciones a personalidades interesantes, para que nos dieran una
charla en la escuela. Pero no sólo era eso: nos hacía participar
activamente en la organización, haciéndonos sentir de alguna manera
protagonistas de la actividad.
Así, cuando nos propuso
invitar al poeta César Fernández Moreno, hijo del famoso Baldomero
autor de la poesía “Setenta balcones y ninguna flor”, ya desde
el primer paso nos hizo intervenir en la redacción de la carta de
invitación, que ella iba escribiendo en el pizarrón.
Luego formó dos
comisiones de alumnos, según recuerdo: una para ir a recibir al
invitado en la Confitería París, de 7 y 49 -que todavía existe-,
sitio acordado para el encuentro inicial, y otra de recepción en la
puerta de la escuela. El que tenía interés se anotaba en alguna de
las comisiones. Yo lo hice en la primera.
Todavía rememoro la
emoción que me invadió al sentirme en ese rol. Hay que pensar que
éramos jovenzuelos y en aquélla época no era usual participar, a
esa edad, en cosas reservadas a los mayores. No olvido cuando al
ingresar a la Confitería del encuentro vimos sentado, aguardándonos
tomando un café, al poeta.
De allí en más, viví
intensamente la jornada.
En el curso de la
conferencia, conocimos una poesía que Baldomero Fernández Moreno
había dedicado a su hijo César, nuestro invitado, cuando era un
niño. Las travesuras de éste lo movieron a escribir un soneto
titulado “A César de 10 años”. ¡Cómo sería la conducta del
niño, que así escribió su padre!: “De veras
que no sé qué hacer contigo,
Oh César, hasta ayer blanda
pelusa.
Llena de rebelión está tu
blusa,
y aunque no quieras ya eres
mi enemigo.
Alzo la voz, levanto el dedo
y digo
esto y lo otro, en fin, lo
que se usa…
¡Si hasta te inspira ya
contraria musa
y, a tu padre, prefieres a tu
amigo!
En medio del
hogar roja amapola,
sangre
argentina y gala y española,
no seré yo quien tire de tu
brida.
Sencilla me pondré a tu lado,
te enseñaré
a ser limpio y ordenado,
y lo demás te lo dará la
vida”
Ahora lo teníamos frente
a nosotros, ya maduro, poeta y médico como su padre, brindándonos
una charla. Su condición de médico apareció en su producción de
escritor y así, ante mi asombro, escuché un extraño soneto de su
autoría, con el título de “Soneto a tus vísceras”:
“Harto ya de alabar tu piel dorada,
tus externas y muchas
perfecciones,
canto al
jardín azul de tus pulmones
y a tu
tráquea elegante y anillada.
Canto a
tu masa intestinal rosada
al
bazo, al páncreas, a los epiplones,
al doble
filtro gris de tus riñones
y a tu
matriz profunda y renovada.
Canto al
tuétano dulce de tus huesos,
a la
linfa que embebe tus tejidos,
al acre olor orgánico que
exhalas.
Quiero
gastar tus vísceras a besos,
vivir
dentro de ti con mis sentidos…
Yo soy un
sapo negro con dos alas”.
Es de imaginar a uno
escuchando semejante poesía: sentía perplejidad, asombro, sorpresa.
¿Un reconocido poeta podía escribir de ese modo?
Era para pensar: de niño
era travieso -según contó su padre en poesía- y ahora, ya grande,
como poeta sigue haciendo travesuras!
Otra jornada grata que
nos hizo vivir la profesora fue otra conferencia que organizó y que,
cuando me enteré sobre qué versaría, no me despertó interés: iba
a disertar un especialista del Instituto Cultural Sanmartiniano si
mal no recuerdo, que hablaría sobre el verdadero rostro del General
San Martín, teniendo en cuenta que conocemos varios retratos del
prócer. Confieso que la conferencia me terminó atrapando y fue un
acierto haberla llevado a cabo.
Entre las cosas lindas
que me dejó la profesora a la que recuerdo debo mencionar la
enseñanza de la buena redacción. Yo era “larguero”, escribía
largos párrafos, pero siguiendo su consejo comencé a acortarlos y
emplear más bien frases breves. No me olvido que al haber corregido
un trabajo que debíamos hacer los alumnos fue comentándolos uno a
uno, y cuando llegó al mío, con mis nervios por lo que podría
decir, le escuché decirme: “lo felicito. Muy bien su estilo”.
Evidentemente había asimilado su enseñanza sobre la técnica de la
escritura.
El destino hizo que
viviera varias circunstancias gratas vinculadas a esa profesora, a
través del tiempo.
Una de ellas sucedió,
sorpresivamente, en la época en la que yo estaba cumpliendo con el
servicio militar en el Batallón Depósito de Arsenales 601 “Domingo
Viejobueno”, ubicado sobre el Camino General Belgrano, a la altura
de Monte Chingolo, a unos 40 kms. de La Plata. Los soldados solían
“hacer dedo” cuando salían del cuartel, para volver a sus
hogares. A mí no me gustaba hacerlo, pero en contadas oportunidades
lo hice.
En una ocasión de esas
estaba en el “Cruce Varela”, en el trayecto del Camino Centenario
de La Plata hacia Buenos Aires, esperando que algún automovilista o
camionero se detuviera y ofreciera llevarme, cuando vi que una
camioneta se detuvo, con un hombre al volante y una mujer a su lado,
que me indicaron que subiera atrás, en la caja del vehículo.
Grande fue mi asombro al
advertir que la mujer que iba en la cabina de acompañante era esa
profesora de mi recuerdo. También ella se asombró ante esa
casualidad, cuando le manifesté que había sido alumno suyo.
Intercambiamos cordiales saludos y nos despedimos.
Después de muchos años
yo la había visto caminar por el centro de la ciudad varias veces.
En la primera de esas ocasiones, en una ráfaga de palabras, casi
eufóricamente, le hice presente que yo era un exalumno de ella, cómo
me había enseñado la buena redacción, el recuerdo de aquella
memorable jornada que vivimos como anfitriones del poeta César
Fernández Moreno , la conferencia sobre los retratos de San Martín,
la vez que me trajo en camioneta hasta La Plata, cuando yo siendo
conscripto estaba “haciendo dedo” en el camino. Vio mi emotividad
al traer esas remembranzas y, sobre aquello de que “me había
enseñado a escribir bien” se congratuló diciendo algo así como
que se alegraba que no hubiera sembrado en vano, y que entonces podía
pensar como educadora que había cumplido con su misión.
Un acontecimiento más,
en los últimos tiempos, tuve el gusto de compartir con ella.
Desempeñando yo la
Secretaría de la Asociación “HONRA”, propuse se la invite a
ofrecernos una charla, como se hace habitualmente con personalidades
destacadas.
Tuve una sensación de
alegría cuando concurrió y nos habló de la educación, desde su
amplia experiencia y trayectoria docente. Su voz fue la de una
autoridad en la materia, con un “currículum” extraordinario.
Pero no solamente se ha ocupado de la cultura y la educación, sino
que ha tenido el mérito de impulsar y trabajar en diversas
organizaciones en encomiables tareas de apoyo a la niñez.
Todavía se la suele ver
andar enhiesta, siempre activa, ignorando el peso de los años,
destilando optimismo y calidez humana.
Maestra en la educación
y en la vida, formadora de generaciones de niños y jóvenes, v
verdadero emblema en la cultura, mujer de bien, rindo mi emocionado
tributo a mi profesora de la escuela secundaria de literatura: su
nombre, que merece ser escrito con mayúscula: LIGIA SPINA.
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