lunes, 13 de octubre de 2014

Recuerdo de la Escuela Secundaria

por Raúl Jasale

Cuando el profesor del Taller de escritura, Mariano, dio como consigna un recuerdo de la escuela secundaria, inmediatamente vino a mi mente la evocación de una profesora que dejó su huella marcada en mí.
Fue mi profesora de literatura en la Escuela Normal Nacional Nº 3 “Almafuerte”, de la calle 8 y 58 de esta ciudad de La Plata.
Se destacaba como una mujer refinada y culta.
Tengo en mi mente el impacto que recibí cuando una tarde de un sábado la vi conduciendo un programa de cultura en el viejo canal 7, que era el único que existía por entonces, y “me puse como loco de euforia” por “el hallazgo”, anunciando a viva voz en mi casa: “Miren, miren: esa es mi profesora de literatura!” Ella era la conductora habitual de ese ciclo.
Pero además de su vasta cultura, era una adelantada en la modalidad que imprimió a su labor docente.
Ella inauguró una experiencia nueva para nosotros, como fue la de organizar invitaciones a personalidades interesantes, para que nos dieran una charla en la escuela. Pero no sólo era eso: nos hacía participar activamente en la organización, haciéndonos sentir de alguna manera protagonistas de la actividad.
Así, cuando nos propuso invitar al poeta César Fernández Moreno, hijo del famoso Baldomero autor de la poesía “Setenta balcones y ninguna flor”, ya desde el primer paso nos hizo intervenir en la redacción de la carta de invitación, que ella iba escribiendo en el pizarrón.
Luego formó dos comisiones de alumnos, según recuerdo: una para ir a recibir al invitado en la Confitería París, de 7 y 49 -que todavía existe-, sitio acordado para el encuentro inicial, y otra de recepción en la puerta de la escuela. El que tenía interés se anotaba en alguna de las comisiones. Yo lo hice en la primera.
Todavía rememoro la emoción que me invadió al sentirme en ese rol. Hay que pensar que éramos jovenzuelos y en aquélla época no era usual participar, a esa edad, en cosas reservadas a los mayores. No olvido cuando al ingresar a la Confitería del encuentro vimos sentado, aguardándonos tomando un café, al poeta.
De allí en más, viví intensamente la jornada.
En el curso de la conferencia, conocimos una poesía que Baldomero Fernández Moreno había dedicado a su hijo César, nuestro invitado, cuando era un niño. Las travesuras de éste lo movieron a escribir un soneto titulado “A César de 10 años”. ¡Cómo sería la conducta del niño, que así escribió su padre!: “De veras que no sé qué hacer contigo,
Oh César, hasta ayer blanda pelusa.
Llena de rebelión está tu blusa,
y aunque no quieras ya eres mi enemigo.
Alzo la voz, levanto el dedo y digo
esto y lo otro, en fin, lo que se usa…
¡Si hasta te inspira ya contraria musa
y, a tu padre, prefieres a tu amigo!
En medio del hogar roja amapola,
sangre argentina y gala y española,
no seré yo quien tire de tu brida.

Sencilla me pondré a tu lado,
te enseñaré a ser limpio y ordenado,
y lo demás te lo dará la vida”

Ahora lo teníamos frente a nosotros, ya maduro, poeta y médico como su padre, brindándonos una charla. Su condición de médico apareció en su producción de escritor y así, ante mi asombro, escuché un extraño soneto de su autoría, con el título de “Soneto a tus vísceras”: “Harto ya de alabar tu piel dorada,
tus externas y muchas perfecciones,
canto al jardín azul de tus pulmones
y a tu tráquea elegante y anillada.

Canto a tu masa intestinal rosada
al bazo, al páncreas, a los epiplones,
al doble filtro gris de tus riñones
y a tu matriz profunda y renovada.

Canto al tuétano dulce de tus huesos,
a la linfa que embebe tus tejidos,
al acre olor orgánico que exhalas.

Quiero gastar tus vísceras a besos,
vivir dentro de ti con mis sentidos…
Yo soy un sapo negro con dos alas”.

Es de imaginar a uno escuchando semejante poesía: sentía perplejidad, asombro, sorpresa. ¿Un reconocido poeta podía escribir de ese modo?
Era para pensar: de niño era travieso -según contó su padre en poesía- y ahora, ya grande, como poeta sigue haciendo travesuras!
Otra jornada grata que nos hizo vivir la profesora fue otra conferencia que organizó y que, cuando me enteré sobre qué versaría, no me despertó interés: iba a disertar un especialista del Instituto Cultural Sanmartiniano si mal no recuerdo, que hablaría sobre el verdadero rostro del General San Martín, teniendo en cuenta que conocemos varios retratos del prócer. Confieso que la conferencia me terminó atrapando y fue un acierto haberla llevado a cabo.
Entre las cosas lindas que me dejó la profesora a la que recuerdo debo mencionar la enseñanza de la buena redacción. Yo era “larguero”, escribía largos párrafos, pero siguiendo su consejo comencé a acortarlos y emplear más bien frases breves. No me olvido que al haber corregido un trabajo que debíamos hacer los alumnos fue comentándolos uno a uno, y cuando llegó al mío, con mis nervios por lo que podría decir, le escuché decirme: “lo felicito. Muy bien su estilo”. Evidentemente había asimilado su enseñanza sobre la técnica de la escritura.
El destino hizo que viviera varias circunstancias gratas vinculadas a esa profesora, a través del tiempo.
Una de ellas sucedió, sorpresivamente, en la época en la que yo estaba cumpliendo con el servicio militar en el Batallón Depósito de Arsenales 601 “Domingo Viejobueno”, ubicado sobre el Camino General Belgrano, a la altura de Monte Chingolo, a unos 40 kms. de La Plata. Los soldados solían “hacer dedo” cuando salían del cuartel, para volver a sus hogares. A mí no me gustaba hacerlo, pero en contadas oportunidades lo hice.
En una ocasión de esas estaba en el “Cruce Varela”, en el trayecto del Camino Centenario de La Plata hacia Buenos Aires, esperando que algún automovilista o camionero se detuviera y ofreciera llevarme, cuando vi que una camioneta se detuvo, con un hombre al volante y una mujer a su lado, que me indicaron que subiera atrás, en la caja del vehículo.
Grande fue mi asombro al advertir que la mujer que iba en la cabina de acompañante era esa profesora de mi recuerdo. También ella se asombró ante esa casualidad, cuando le manifesté que había sido alumno suyo. Intercambiamos cordiales saludos y nos despedimos.
Después de muchos años yo la había visto caminar por el centro de la ciudad varias veces. En la primera de esas ocasiones, en una ráfaga de palabras, casi eufóricamente, le hice presente que yo era un exalumno de ella, cómo me había enseñado la buena redacción, el recuerdo de aquella memorable jornada que vivimos como anfitriones del poeta César Fernández Moreno , la conferencia sobre los retratos de San Martín, la vez que me trajo en camioneta hasta La Plata, cuando yo siendo conscripto estaba “haciendo dedo” en el camino. Vio mi emotividad al traer esas remembranzas y, sobre aquello de que “me había enseñado a escribir bien” se congratuló diciendo algo así como que se alegraba que no hubiera sembrado en vano, y que entonces podía pensar como educadora que había cumplido con su misión.
Un acontecimiento más, en los últimos tiempos, tuve el gusto de compartir con ella.
Desempeñando yo la Secretaría de la Asociación “HONRA”, propuse se la invite a ofrecernos una charla, como se hace habitualmente con personalidades destacadas.
Tuve una sensación de alegría cuando concurrió y nos habló de la educación, desde su amplia experiencia y trayectoria docente. Su voz fue la de una autoridad en la materia, con un “currículum” extraordinario. Pero no solamente se ha ocupado de la cultura y la educación, sino que ha tenido el mérito de impulsar y trabajar en diversas organizaciones en encomiables tareas de apoyo a la niñez.
Todavía se la suele ver andar enhiesta, siempre activa, ignorando el peso de los años, destilando optimismo y calidez humana.

Maestra en la educación y en la vida, formadora de generaciones de niños y jóvenes, v verdadero emblema en la cultura, mujer de bien, rindo mi emocionado tributo a mi profesora de la escuela secundaria de literatura: su nombre, que merece ser escrito con mayúscula: LIGIA SPINA.

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