lunes, 20 de octubre de 2014

Un día de suerte

por Alicia Lasala

Hay recuerdos mágicos, únicos en mi infancia. 
Uno tiene que ver con una salida en familia, a un lugar al que íbamos habitualmente los días de sol en invierno  y los frescos en verano.
En el parque Miguel Lillo de Necochea se anunciaba una kermés. Yo tenía siete años. Era a beneficio de la escuela.
Mi padre me da unas monedas y me animo a tirar unos aros brillantes a una docena de patitos de colores que caminaban sobre una cinta. Los aros quedaban como un collar sobre los animalitos de madera. Así uno por uno.
Complete la docena y gane un juego de media docena de vasos enormes, hermosos.
Rápidamente se los di de regalo a mi mama.
El segundo juego era de prueba de reflejos rápidos. Unos bolos de plástico tenían que caer con el impacto de unas pelotitas rellenas de arena. Este sirvió para darle a ella el segundo regalo.
Y entonces, le pregunte ¿y ahora que te hace falta? 
Mi madre respondió que le vendría bien una olla.
Me fui feliz buscando un puesto donde hubiera un premio que respondiera a su pedido.
Esta fresco en mi el golpe suave de mis pasos sobre el césped del parque, el aroma de los pinos y el color ocre de la pinocha que forma una alfombra a los pies de estos arboles inmensos y el canto afinado y aturdidor de los pájaros.
A los diez minutos le puse en sus manos una batería de cocina.
Mi padre y mi madre estaban sorprendidos, me miraban riendo, felices como si lo que hubiera hecho fuera una gran hazaña.
Fue un golpe de suerte, que duró toda la tarde.
No recuerdo que en mi vida haya habido más kermeses con golpes tan certeros.
Ahora creo que eso sucedió como para que supiera de qué se trataba eso de jugar y ganar.
Después, todo lo que vino después, cuando fui creciendo dependió siempre de la voluntad y el empecinamiento.
Y hasta aquí hemos llegado.
Pero ¿Quién me puede quietar la alegría de haber conquistado a mi madre como tal vez no pude volver a hacerlo ningún otro día?

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