por Alicia Lasala
Encontré en el diario una foto
que envían los lectores e inmediatamente me reconocí en ella.
Fue un acto rápido, casi mágico.
Por un momento me sumergí en ese paisaje
desierto, pude oler la sal en mi piel, sentir el roce de la brisa suave acariciándome.
Oí ese sonido único del agua que se desploma en la orilla, así como rendida,
enamorada a mis pies.
Y entonces pensé, que cuando no
puedo dormir, esa pequeña niña se me acerca. Tiene ocho años, no más de diez. Su
cuerpito frágil por la delgadez salta, danza en un planchón que aparece en todo
su esplendor cuando el mar se retira, se esconde. A su alrededor, reflejos
plateados vibran con un movimiento lleno de gracia que dirige y acompaña la luz
del sol. Es un ritmo perfecto, una sinfonía maravillosa.
Sus piecitos, parecen abandonar
el suelo para volar impulsados por el aleteo de sus brazos. Se confunde entre
gaviotas y pájaros.
Mira todo con asombro. Las
piedras, los erizos, los colores. Le atrae todo lo que es desconocido y quiere
saber más, siempre más, hasta de lo que le es cotidiano o familiar. Es curiosa.
Inquieta.
Es una imagen única, íntima,
recurrente. Podría decir que es casi idéntica a la que encontré hoy en el periódico.
Cuando no consigo dormir, esa
Alicia se sonríe abrazada a la almohada y hace el ejercicio de dejarse entrar
en el sueño con la mano llena de piedritas naranjas y verdes. Siente en los
pies un cosquilleo suave. Son las caricias de las algas que revolotean
aferradas a la arena como mareadas y confundidas por la fuerza del viento.
El sueño llega lentamente. Y lo
que viene al entregarse es recurrente: un deseo incontrolable de volver, de estar
ahí, abandonándose a la belleza de los días de la infancia.
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