sábado, 23 de junio de 2012

Bendita culpa


Cada tarde, mientras regreso del trabajo, lo veo en el puente del ferrocarril de la estación vieja.
   Es un hombre joven, de alrededor de treinta años, pero su piel está apergaminada, oscura, sin brillo. Los grandes ojos negros muestran una mirada de la vida cuando agobia.
   Sentado en la escalera de peldaños herrumbrados y sucios, ocultándose tras una gorra raída con visera, parece acurrucado....al viento su pantalón demasiado suelto, cubriendo piernas largas y delgadas.
   Siempre la misma escena en distintos escenarios pero dentro del espacio físico de la estación.
   He pensado que no tiene familia, o que de tan solo busca el bullicio de los viajeros, de los niños yendo a la escuela, o quizás alucine con la idea de terminar definitivamente su paso por el mundo.
   Una botella de cerveza que toma como al descuido contrasta con el ruido de los trenes retumbando entre rieles y él allí, apacible y ensimismado.
   Ayer pasé por su lado e inusualmente me miró.. Seguí mi camino de escalones rítmicamente marcados, pero algo de él hizo que volviera sobre mis pasos.
   Había mutado su mirada indiferente a una anhelante ,muy fija.
   Me acerqué con caminar tembloroso y quise saber cómo se llamaba, convencida de que no hay nada como preguntar el nombre cuando uno siente el acercamiento de verdad, desde el sentimiento a otra persona. Pensé que al menos trataba de devolverle en parte esa identidad que se podría pensar que alguna segura injusticia le ha hecho opacar.
   Levantó su  cabeza y ví en su mirada la frialdad de los que sufren.
   Me dijo –“Pancho-“, lo que me dio la confianza necesaria para traspasar mi límite y preguntar por qué vive así , en la calle.
   Su respuesta de –“por culpa”....pero por favor déjeme solo”.- con actitud de desasosiego, me dejó un sabor amargo, y sólo pude tocar su mano enrojecida de frío y decirle que ojalá supiera cómo ayudarlo.
    Entonces. regresó a su mutismo  , y ya no hubo modo de rescatarlo.
   Me marché a mi casa .A la rutina  diaria de sábanas limpias y abrigo .
   Sin poder quitarme la imagen y el recuerdo de este chico ya hombre.
   La culpa. Uno no sabe si mueve o inmoviliza. No sabe si hace correr o detiene. Ignora si siempre es propia o si se puede cargar con las ajenas.
   No creo que sea un buen sentimiento: en virtud de ella se andan caminos errados, se transitan calvarios, se detienen empresas, se interceptan metas. Se sufre.
   La culpa nos convierte en expeditivos o indecisos. Nos vuelve ansiosos o nos  pone tan lentos....que se deja todo para después ya que hay que pensarlo mucho...no vaya a ser que uno se equivoque como aquella vez y eso le genere más culpa.
   La culpa. La que cuestiona. La que taladra, mortifica y ahoga. La que hace cometer las cobardías inútiles y los corajes innecesarios.
   Culpas reales o inventadas Culpas que nos hieren y nos hacen lastimar. Las que no dejan avanzar. Las que se desean arrojar afuera y a veces no se puede o no se quiere.
    Motivo de terapias y resultado de terapias....Camino de espinas y altares como confesionario.
   Algunas se van traduciendo en el alma y el cuerpo suele ubicarlas donde puede. Y el dolor nos acobarda.
   Pude revisar sentimientos, dolores, alegrías, esfuerzos por crecer y las propias culpas.
   Qué culpa puede convertir a Pancho en un ser abandonado de sí?.Qué ceguera nuestra nos hace invisibilizar a seres como él? ¿Qué amplia cosmovisión nos hace perder de vista la individualidad de cada ser que sufre?
   Porque creo en los milagros, aún me falta tanto, pero deseo aprender  que el dolor que me duele, debe transformarse en acción, para que los Panchos de la calle, sean menos, menos, menos....

   .
   
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario