martes, 12 de junio de 2012

Con los corazones en su mano


por María Magdalena Lacentre

Llegamos a la Fundación oliendo a tragedia; un diagnóstico casi terminal, una incertidumbre agobiante y un viaje en ambulancia, nos había llevado hasta allí. 
Nos esperaba él, en su consultorio y en medio de ese drama mi corazón latía de emoción por conocerlo. Allí fuimos y al entrar lo vimos parado detrás de su escritorio con su figura inmensa, erguida y etérea; después  de saludarnos nos invitó a sentarnos y luego de la conversación inicial y ante un silencio expectante comenzó observar los estudios, de tanto en tanto nos dirigía una mirada y una sonrisa alentadora al observar nuestras caras angustiadas. 
Dejó todo sobre la mesa, tomó una hoja en blanco y comenzó a dibujar, esas manos quedaron para siempre en mi mente: grandes, pulcras, blancas; no recuerdo haber visto otras iguales en mi vida, se movían como las de una bailarina de ballet y  trazaban las líneas con una armonía que me hizo recordar a las de mi maestra de primer grado dibujando la M, cuando me enseñaba a escribir mamá.
La operación era muy complicada pero él la explicaba con tanta claridad, sencillez y seguridad que logró aplacar nuestra ansiedad, consiguiendo del el enfermo absoluta confianza y entrega.
La operación fue un éxito, había logrado una proeza inigualable y salió del quirófano con la misma  naturalidad de siempre, quise besarle las manos y no me lo permitió porque  según él "ese no era más que su trabajo y su deber”. 
Por vario tiempo tuve la oportunidad de verlo diariamente y día a día pude admirar sus cualidades: humilde, afable, caballero, ponía en práctica todas las normas de cortesía y su simpatía y calidez eran inigualables, cuando sentado en la cama a los pies de sus pacientes, les infundía ánimo y esperanzas de una vida mejor. Sus palabras eran pausadas y reflexivas, al escucharlo se adquiría la sensación de estar frente a un filósofo de la vida, su pensamiento y sus principios eran los de un sabio que está más allá de la vida terrenal.
Al atardecer, cuando hacía su última recorrida por las habitaciones y llegaba a la nuestra, mi pregunta era: ¿cuántas vidas salvó hoy Doctor? Y su respuesta: "las que Dios quiso, solamente”.
Muy grande fue el impacto de la noticia de su muerte y sobre todo pensando cuánto dolor e ingratitud habrá sentido para tomar esa decisión, cuánta desesperanza en los dirigentes políticos a quienes sólo los interesa su enriquecimiento personal sin importarles ni el país ni su gente. 
Al recordarlo siempre llega a mi mente la imagen de sus manos que fueron de arquitecto, ingeniero, dibujante, músico, médico y Señor, título que adquirió en la universidad de la vida y de la familia; las que hacían recordar a las del Señor cuando repartía los panes, las que acogían en su seno a los corazones enfermos para que como un mago con su vara, les devolviera la salud.
Esas manos que fueron capaces de apretar un gatillo, antes de tocar corazones infectados por la soberbia, la codicia, la obscena manera de enriquecerse personalmente generando pobreza, esos corazones incapaces de comprender que quien estaba reclamando su ayuda, era nada más ni nada menos que un SABIO cuya misión en la tierra , era la de salvar vidas. 

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