Por Alicia Lasala
Cuando lo fui a buscar, el estaba corriendo al solcito en un patio pequeño que tenia un pedazo de tierra y baldosas acomodadas sin mucho criterio. Entre una y otra crecía un pasto tierno que le hacia cosquillas. Jugaba alegremente, escondiéndose de mi que era una extraña, como adivinando a que venía.
La imagen de esa familia donde los hijitos perseguían a la mamá, me hizo dudar.
Gina me trajo a la realidad y me dijo que igual ese mismo día se iban todos.
Ella lo alzó y lo puso en mis brazos pero el se libró de mi y se largo a la carrera. Se escondió detrás de unas macetas y costó trabajo sacarlo.
En ese momento, tuve miedo de continuar pero cuando volví a abrazarlo, se aferró a mi temblando, cerré la puerta, me subí al auto y lo abrigue hasta que llegamos a casa.
Era tan pequeño que se resbalaba en mis manos. No lloraba. Pero cuando entramos corrió a esconderse debajo del mueble y ahí estuvo toda la tarde.
Yo, que nunca había tenido un animal o una mascota porque mi madre las rechazaba y no nos permitía acercarnos a ningún perro o gato que estuviese en casa de familiares o en la calle, me había tirado al piso y le hablaba, le pedía por favor que saliera, que iba a estar bien con nosotros, que Raúl y yo solo le daríamos amor. Pero el se enrollaba cada vez mas y ni siquiera me miraba.
Me acordaba lo que mi hijo cuando vio que me costaba tanto tomar la decisión, sentenció: mamá es un gato lo que vas a ir a buscar, no un tigre de bengala. Andá a buscarlo, te va a hacer bien, porque vos tenés amor de sobra para dar. Sin convencimiento todavía, le respondí que prefería poner el amor en los seres humanos, pero el remató la conversación diciendo que yo tenia amor para dar a los seres humanos, a los animales y todavía me seguía sobrando. Lo tomé como un halago.
Y si no se adapta a nosotros y a la casa, pensaba mientras lo trataba de tentar con juguetes caseros y palabras tiernas. Pero el se tomó su tiempo.
La cuestión es que Camilo a la nochecita, después de realizar el duelo de la separación, se decidió a mirarme, a salir del rincón que se había vuelto oscuro y a comer de mi mano y mientras se dejaba acariciar con recelo. Después ya lo pudimos tener en brazos y esa noche durmió toda la noche.
Raúl fue acercándose a Camilo quien rápidamente lo conmovió y enseguida lo aceptó. Andaban de un lado para el otro juntos, y la verdad es que nos conquisto a los dos.
Ahora hace más de tres meses que es parte de nuestra vida y ha ganado terreno no solo en nuestros corazones, sino también en todos los lugares de la casa.
El feriado del veinticinco de mayo, por andar curioso como siempre e inquieto, en un descuido se trepo al paredón de la terraza. En un segundo en que Raúl se descuidó dejó de verlo y empezó a escuchar sus gritos. Lo buscó por todos lados y no lo encontraba.
Cuando pensó que podía haber caído del cuarto piso no se animaba a asomarse para mirar. Pero vencido no tuvo alternativa. La vecina de la casa de abajo al sentir el ruido y los aullidos salio al patio y nos dijo que fuéramos a buscarlo.
Camilo salió prácticamente ileso de ese vuelo, solo se quebró la patita delantera izquierda. No sabemos si algo lo asusto, si quiso perseguir alguna mariposa o si solamente calculo mal las distancias por su inexperiencia.
Lo único certero es que nos conmocionó a los dos y nos ha llenado la casa de alegría, modificado nuestros hábitos y costumbres. Agradezco a mi hijo por tan hermosa sugerencia y a Camilo por ayudarme, así tan pequeño como es, a vencer ese temor que me había sembrado mi madre desde pequeña, haciéndome crecer con una idea distorsionada de un vínculo tan generoso y placentero como el que se puede establecer con un animal. Y a Raúl por mostrar su dulzura cuando esos ojitos color miel lo miran con ternura como expresándolo todo en un parpadeo sereno y perezoso.
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