por Nora Moreno
El
espectáculo nocturno era maravilloso,
parecía que la lava que se deslizaba por la ladera de la montaña quería
arrasar con todo el pueblo.
Pero
no llegaba hasta nosotros, nos amenazaba como una madre a sus hijos que no se
están portando bien.
Que
de fechorías hacemos los humanos y, la tierra a pesar de todo nos deleita la
visión con esta puesta en escena.
Me hubiera
gustado penetrar en el volcán y descifrar que nos decía con ese rugido de queja,
lastimoso, mientras se desangraba ante
nuestros ojos.
Al
día siguiente, con la luz del sol uno podía admirar las figuras fantasmagóricas
que había dibujado la lava en su descenso y admirar el colorido: rojo en la
cima donde el cráter seguía emitiendo fuego. A medida que descendía cambiaba de
tono hasta que ya casi en la base tomaba un color negro brillante con pequeñas
chispas de colores que el sol jugueteando lograba arrancarle.
Aun
hoy después de muchos años su recuerdo me conmueve, tengo la imagen y el sonido
de su llamado de atención para que mejoremos nuestra conducta hacia ella
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