por Nora Moreno
Tono.
Cumpliste 12 años y tus padres te permitieron llevar a cabo tu sueño de infancia. Domar tu propio potro, “Arbolito”, tu compañero de aventuras, tu gran amigo.
Eras tan bueno, que todos los amigos de tu padre quisieron que domesticaras equinos para sus hijos.
El “Moro”, fue a la estancia para que lo adaptaras a los caprichos de una niña de pocos años.
Cuando estuvo listo para ello, esa pequeña de solo 5 años, se encontró con el hermoso caballo que le habían obsequiado sus padres. Era tan alto que podía pasar por debajo sin agacharse. Era un árabe de pura sangre, negro y lustroso con unos enormes ojos que observaban con asombro a su dueña. Para montarlo, dócilmente se acercaba a la empalizada desde donde, la niña agarrada fuertemente a sus crines, reboleaba su pierna y quedaba enarbolada en su cima.
Que espectáculo maravilloso se veía desde allá arriba, era como dominar el mundo; el valle y las montañas estaban al alcance de sus manos. Los primeros tiempos salían con Tono y Arbolito a galopar en la estancia, después el Moro fue al pueblo y de ahí en más la niña y su caballo pasaron a formar parte del paisaje serrano.
Todos los días paseaban unas horas por las sierras y a la vuelta, compartían un terrón de azúcar,………. un manjar prohibido a los caballos y a los niños.
Al cabo de seis meses, ambos estaban preparados para cabalgar sin montura y a realizar distintos tipos de acrobacias.
Con ayuda de Tono y Arbolito, comenzaron a incursionar en saltos hípicos.
Nueve años los mantuvieron a los cuatro juntos en distintos certámenes.
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Con el paso de los años, el relato de aquel tiempo, entretuvo a los hijos y nietos de aquella niña, como un humilde homenaje a sus amigos.
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