martes, 12 de junio de 2012

Hasta siempre


por Alicia Lasala (texto y cuadro)

Desde que era muy pequeña, cuando me levantaba, después de desayunar, me gustaba pasar corriendo por el taller de mi papa y estar de un salto en la vereda. 
Una vez en la puerta, esa sensación de libertad me llevaba a saludar a los vecinos, entrar al kiosco para ver si podía pedirle a Adela que me diera alguna golosina con ese puñadito de monedas que guardaba día a día.
Pero ese martes de octubre, nublado y frío, todo fue distinto.
Cuando me acerque al negocio, al costado de la entrada, había una madera donde se exhibían diarios y revistas. Mis piernitas se detuvieron separadas, como congeladas y mi mirada se encontró de pronto con unos ojos impresos en una foto que me estremeció hasta el alma.
Habían matado un hombre, y muy a pesar de su calvario estaba con una expresión serena, tendido en una mesada de mármol helado. 






A pesar de mis pocos años, su exposición me resultó obscena, innecesaria.
Yo, con apenas once años, educada en una escuela religiosa, dude de todo lo que me habían enseñado. Y pensé que si había un hijo de algún dios, ahora si podía creer que era este.
Leí todo lo rápido que pude, como y porque habían fusilado al guerrillero y no le creí nada de lo que escribía la revista ASI.  
Su rostro me contaba otras cosas. 
Esto me despertó curiosidad, me genero angustia, impotencia, pero sobre todo un gran deseo de conocer su historia y entender el mundo en el que estaba creciendo.
Y me fui metiendo. Silenciosamente. A veces a escondidas, como se podía. 
Eran tiempos difíciles y cuando éstos se superaban, siempre quedaban los resabios. Había que hacer frente, ir de frente. Como le gustaba al él.
Con el tiempo llego a mis manos la carta que este hombre dejó a su compañero para que leyera, en caso de que el no volviera de andar dando batallas por tantos lugares necesarias.
Y supe que esa misma noche, anunciada su muerte al pueblo que ayudara a liberar, un hijo de esa patria, escribió una canción maravillosa que cada vez que la escucho, me vuelve niña, me trae esa foto del año sesenta y siete, mía y de el, que tal vez conservó mi sensibilidad intacta y abrió un nuevo camino.
Cuando llegué a conocerlo bien, supe que había que hacer lo que él pedía que era sentir cada injusticia que pasara a cualquier hombre en cualquier parte del mundo como propia, y construirnos todos los días un poco, reinventarnos, para lograr llegar al hombre nuevo.
Hoy esa canción es casi un himno que acompañan a los que van luchando por el mundo.

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