por Nora Moreno
Cuando yo nací mis padres vivían en Villa Allende. Al cabo de dos años, nos trasladamos a Córdoba. Allí, a pesar que la casa era grande mi mami no quiso que tuviéramos animales. Cuando yo tenia cuatro años nos fuimos a vivir a La Falda. De allí, salvo Teté, son las mascotas que ocupan este recuerdo
TETE
Habíamos ido a pasar el día a Rio Ceballos, a comer a orillas del arroyo. Cuando subimos al auto Teté nos esperaba en el asiento de atrás. Era un gato color caramelo, muy peludo y de ojos verdes. Mis padres preguntaron a las otras familias allí reunidas, pero nadie lo reconoció como suyo, así fue como pasó a compartir nuestras vidas. Teté jugaba con mi hermana, que tenia seis años, a las escondidas. El que contaba se paraba en un rincón mirando la pared, el que se escondía lo hacia detrás de la cortina. El gato daba varias vueltas por la casa antes de dirigirse a la ventana y descubrir a mi hermana.
Yo no pude disfrutar de ese juego ya que cuando tuve edad para ello, Teté en otro día de campo decidió abandonarnos. Mi papi decía que seguramente había encontrado a otra nena que no tenia con quien jugar.
MORO
Mi caballo de infancia, juntos jugamos, sorteamos obstáculos y ganamos certámenes de salto. Caminaba las 15 cuadras hacia la caballeriza y cuando faltaban 4-5 cuadras comenzaba a silbar. Moro aparecía a la carrera con sus crines negras revoloteando en su cara, contento de verme. Generalmente los últimos 300 m los hacia montada en pelo arriba de mi amigo. Todos los días nos íbamos hasta la laguna de los patos y mientras yo leía o estudiaba él se dedicaba a pastar, cosa prohibida ya que debía comer la alfalfa que aconsejaba el veterinario, aunque creo que lo sospechaban. Lo que nadie sabía era que luego de muchas practicas de salto o al fin de una competencia, el Moro revisaba mis bolsillos donde se encontraban los terrones de azúcar con que festejábamos. Cuando juntos después de ganar en mi categoría, perdimos a Tono y Arbolito, yo prometí a mi padre no volver a saltar y vos decidiste no aceptar otro jinete para ello. ¿Extrañabas a tu amigo?
CAPITAN
Apareciste en mi vida un día de invierno, en el jardín de mi casa, hacia mucho frio y estabas acurrucado debajo de la acacia cubierta de nieve . Por supuesto que inmediatamente entraste a la cocina y te tiraste al lado de la cocina a leña. Mi mami se dio cuenta que el perro conocía la casa, asi que fue a preguntar a los vecinos si lo reconocían. Se trataba del Capitan, ovejero alemán de los dueños del chalet que alquilábamos y que al irse a vivir a Rosario, lo habían dejado en la ciudad de Córdoba con los padres de ella. Se había escapado, camino 80 km para volver a su casa a buscar a sus dueños. Nos encontró a nosotros y se encariño conmigo que solo tenia 5 años. Me acompañabas ida y vuelta al cole, a hacer compras ya buscar al moro. Aceptaste a todos los animalitos que pasaron por la casa. Recuerdo que me subía encima de ti y te decía “chumba-chunba”, y salíamos al galope. Cuando nos fuimos a Córdoba, volvieron tus dueños y pudiste descansar.
LOTI
Te encontramos llorando en el arroyito que había a la vuelta de casa una tarde de regreso del colegio. Todavía tenías los ojos cerrados. Eras un montoncito de huesos en un saco de piel negra y peluda. Cuando llegamos a casa con el gatito, mi mami llamo al veterinario. Este nos dijo que tenia pocas posibilidades de vivir ya que suponía que hacia mas de 48 hs que no comía. Nos prohibió darle leche ya que su estomago no lo resistiría. Había que abrigarlo mucho y darle té de tilo. Lo pusimos en una cajita al lado de la cocina a leña y le colocamos una cazuelita con el te. A los pocos días su pelo se volvió blanco. Vino el veterinario y nos dijo que había encanecido por falta de alimento, pero con leche volviste a tener el pelo negro y lustroso. Yo creo que mucho no te gustaba cuando decidía ponerte una pollera de mis muñecas y llevarte de la mano a caminar en dos patas, pero nunca me rasguñaste. Lo que si te encantaba era cabalgar sentada encima mio, eso si solo al paso.
PACO
Siempre íbamos con mi papi a la estancia a buscar un cabrito para comer. Un día llegamos y José el puestero no lo tenía preparado, así que levantamos el cabrito en el auto rumbo al carnicero. Mientras íbamos al pueblo le pusimos PACO, se imaginan que no fue a la carnicería. Nos chupaba toda la ropa recién lavada, dormía con el Capitán y el Loti y cuando mis padres se descuidaban me acompañaba a la escuela. Cuando se hizo un chivo grande volvió a la estancia. Ni bien sentía el motor corría a esperarnos, luego jugaba conmigo y antes de irnos, Paco subía al auto y lo llevábamos a dar una vuelta
COCO, PIPI Y CUACUA
Cocó una hermosa gallina bataraza estaba clueca. Mamá le puso una docena de huevos para empollar, pero en complicidad con mi abuelita le agregamos un huevo de pato y otro de una gallina pigmea. Cuando nacieron era muy gracioso ver a Cocó como los miraba, no podía comprender porque uno de sus polluelos tenia esas patas tan anchas y el otro que no crecía. Pipí y Cuacuá quizás al verse diferentes andaban juntos por el fondo de mi casa y respondían a su nombre.
Cuando tenía 14 años volvimos a Córdoba y mi vida cambió
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