Por Ana María Carballo
Principios de diciembre de 1950.
Ana se encontraba sentada en un banco de madera, en un banco de madera de un barco, entrecerraba los ojos al recibir la calida brisa del Río de La Plata. Tenía seis años y viajaba con sus tíos hacia la Isla Martín García.
Recordaba el sabor de un budín navideño que su tía le ofreció, con nueces y pasas de uvas, la voz disfónica y profunda, de un amigo de su tío Ramón conversando en el viaje y el lento tránsito del barco sobre el río. Por ultimo la llegada a la isla, el desembarco, un jeep que los llevo hasta la casa, un chalet de tejas rojas, con flores y galerías a su alrededor.
Era la primera vez que se separaba de sus padres, pero no tenia miedo su tía Zulema era dulce, agradable y estaba pendiente de sus mínimos deseos.
Así comenzaron sus vacaciones en la isla, los niños vecinos, los simples juegos con cajones de frutas de madera convertidos en carros, artesanales muñecos y pelotas. Los improvisados barcos en los charcos que dejaba la lluvia, con los cuerpos geométricos de cartulina. Las tardes junto al río, disfrutando del sol del agua y de unos deliciosos sándwiches de jamón, que nunca volvieron a tener el mismo sabor.
Todo le llamaba la atención, la cantina del lugar donde se compraba desde harina y, azúcar hasta ropa. La cárcel donde los presos desde pequeñas ventanas con rejas hablaban con los que pasaban caminando. La capilla, adornada para la próxima navidad, donde el cura concurría de vez en cuando, y había que encender la luz cuando uno entraba.
Los caminos de la isla , senderos angostos, llenos de plantas que conducían a medanos costeros, y fue en uno de esos caminos que escucharon un sonido, un sonido animal, en el momento en que que la tía Zulema , Ana y una amiga se dirigían a pasar la tarde en un cálido medano frente al río ,. Se detuvieron un segundo al escuchar ese sonido, y luego comenzaron a correr tomadas de la mano, ¡el que se asomaba entre el monte y la arena era un toro!
Un toro salvaje que habitaba la isla, siempre estaba atado porque era peligrosos, pero ese día se había escapado, las tres corrían desesperadas sin rumbo, llevaban un canasto, y un abrigo rojo que abandonaron en la huida, en su desesperación buscaron refugio finalmente en el cementerio ,rodeado precariamente de un alambrado.
Entre las características tumbas con sus cruces torcidas, veían al toro acechando desde afuera, el tiempo parecía eterno, hasta que luego de dos horas las rescataron al advertir la huida del animal.
La aventura vivida no empaño las vaciones, Ana siguió disfrutando del extraño galpón de la casa construido hacia abajo, como un sótano, de las fiesta de cumpleaños de una de una vecina, llamada Margaret, una joven norteamericana casada con un oficial de la armada, aun evoca las risas de joven señora , su alegría, y sus vestidos característicos de los años cincuenta .
Y por último los repartidores del pan, que llegaban diariamente hasta la casa en bicicleta con un canasto, eran alemanes, con el tiempo comprendió que eran los ex tripulantes del Graf Spee., el acorazado alemán hundido en el Río de La Plata en el año 1939.
Con los años, Ana volvió a la isla, recorrió todos sus lugares, pero ya no había nadie con quien compartir los recuerdos.
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