por Nezka
Estoy
sentada en el comedor de casa, en la pared está tu foto, padre; te observo, tu
postura estudiada para ciertas ocasiones, tu mirada penetrante que llegaba
hasta el alma, tu boina cuidadosamente calzada que te daba un aire especial y
en tu mano izquierda, tu pipa. Sí, tu pipa, inseparable compañera. La observo y
la traigo a mi memoria, parecía una chimenea siempre humeante, pegada a tus
dedos o tu boca.
Me
quedé en silencio y pensé, cuánta vida guardas en tu opaca madera. Quizá si
tuvieras el don de la palabra. Quizá si tuvieras el don de la palabra, me
contarías sueños, aventuras, desengaños, alegrías…
Ya
no estás “ojos de lince”, pero en una pequeña cajita, en el rincón de los
recuerdos, guarda un pedazo de tu vida, ¡tu pipa!... que aún mantiene en su
interior las últimas cenizas, aquellas que te dijeron: ¡adiós!
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