por Nora Moreno
Siendo muy pequeña me encantaba mirar libros de cuentos que tenían ilustraciones fantásticas: gente vestida con ropa de aldeanos, que vivían en casas que asemejaban pequeñas colinas con techos negros.
Mi padre cuando me los leía decía que en realidad existía ese tipo de vivienda en un país muy lejano.
Pasaron los años y seguía ilusionada en conocer ese lugar encantado de mi infancia.
En 1998 en un viaje de placer que hicimos con Roberto, decidimos llegarnos hasta allí.
No saben lo maravilloso que fue ver mi sueño hecho realidad.
El paisaje agreste lleno de colinas de material calcáreo, con un penacho negro de lava proveniente de volcanes en actividad, nos dio la sensación de encontrarnos en otro planeta.
Los habitantes de la zona aprovechando lo blando del material, lo horadaron para construirse sus viviendas.
La gente se asomaba a medida que recorríamos el sitio y su vestimenta era similar a la de mis cuentos
Tuvimos la oportunidad de ingresar en algunas que se encontraban deshabitadas y nos asombró como habían aprovechado el lugar para transformarlas en un hogar.
Tenían varios pisos que se iban achicando a medida que la colina se acercaba a su cúpula.
Cada vez que voy a Barcelona recuerdo ese paisaje lunar al contemplar la obra de Gaudi.
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