por Alicia Lasala
Ella venia de una historia difícil. Era una mujer joven, llamativa, pero estaba cansada de amontonar fracasos en su mesita de luz. La cama se le hacía grande y el lado izquierdo se mantenía impecable, jactándose de delatar la soledad de sus días con sus noches. El lado suyo, en cambio, se había arqueado por su propio peso y ella no tenía la picardía de ir rotando. No le gustó nunca mostrar lo que no era. Los acontecimientos que la habían llevado hasta este punto exacto de la vida, lograron descentrarla, alejarla de su eje. Tanto, que prácticamente, no podía reconocerse. A pesar de que no encontraba voluntad para conectarse con lo cotidiano, agotaba sus fuerzas para poder sostener lo único que tenía seguro: su trabajo. Se levantaba todas las mañanas, de lunes a viernes, a las cinco y media de la mañana, encendía un cigarrillo, ponía el agua a calentar para preparar el mate, miraba la nada por la ventana y se daba una ducha bien caliente. El agua le ayudaba a borrar la ausencia de huellas de su cuerpo intacto y aliviaba el peso de lo que ello significaba en sus sentidos y en el fondo de su alma.
Trabajaba hasta la cuatro y volvía como un autómata, en el tren de las cinco menos veinte directamente a su casa.
Lo que quedaba de la tarde era pura monotonía, un tiempo interminable. Cuando empezaba a anochecer, la oscuridad la entusiasmaba. Le acortaba la agonía de otro día igual.
Los sábados Marcela se permitía dormir un poco más, porque venía del cansancio de toda la semana. Pero los domingos empezaban temprano y las horas parecían detenerse, para no dar paso a las siguientes. Era el más odiado de los siete. La mayoría de las veces, se sorprendía antes de acostarse porque había pasado todo el día sin hablar con nadie, sin escuchar siquiera su propia voz conversándose a sí misma.
Un lunes de junio, cuando llegó a la oficina, le presentaron un empleado nuevo que se incorporaba a su sector.
Tenía treinta y seis años, y aparentaba estar solo. Eso le despertó alguna fantasía. Aunque le parecía un poco grande para ella. Se veía un poco descuidado en su arreglo personal. Las camisas arrugadas; los puloveres estirados, anchos, muy largos o muy cortos; los zapatos gastados por falta de lustre. El pelo le gustaba porque tenía unos rulos suaves que caían alineados y la sedujo que le rozaran los hombros. Se movía con gracia. Otra cosa que le encontró sugestiva era la barba rala, que se veía como si un sombreado a lápiz le resaltara los pómulos y le encendiera los ojos pequeños de un negro profundo. En realidad todo en él era raro, intrigante. Y ella, tan desconfiada por sus desencantos, no perdía oportunidad para observar cada movimiento o comentario y analizarlo, desmenuzarlo.
Lo pusieron a trabajar bajo su orientación para que le enseñara las tareas.
Así fue como empezaron a conocerse. Ernesto era casi siete años mayor. Algo le dictaba internamente que de vuelta se iba a enredar en un problema. A pesar de que se había jurado no volver a tropezar con historias complicadas que la volvieran a desestabilizar, el deseo de alejar la soledad pudo más. Quería conocer de donde venía este hombre y no se privó de escuchar su historia.
Comenzaron compartiendo el café de la mañana. Y luego la hora que le daban para el almuerzo.
Él venia de la oscuridad, con historias de muertes que nunca completaron un relato sólido. Dos, tres veces mencionó que no tenía familia, que su padre había fallecido cuando él era muy chico, que luego le apareció a su madre una hija ilegítima del esposo muerto que fue recibida por la familia como propia. Pero no pudo resistir la vida y una madrugada de diciembre en vísperas de navidad, se colgó del durmiente más alto del galpón, donde guardaban las cosas viejas en desuso en el fondo de la casa. Estaba lleno de culpas por ella, por sus quince años incumplidos y por su madre. Pero no aclaró nunca de donde surgía la semilla de esa carga. Tampoco hablaba de sus dos hermanas vivas, de las que no conservaba cartas, ni fotos ni tenía noticias.
Nacido en Oran, Salta, se había venido cuando terminó el secundario, muy a pesar de los deseos de su madre, sabiendo que nunca más volvería. Quiso estudiar una carrera universitaria pero no tuvo constancia.
Marcela le empezó a encontrar sentido a levantarse tan temprano, a mirarse de vuelta en el espejo y a elegir cuidadosamente la ropa que se pondría al otro día. Se subió de nuevo a los tacos altos. Los aros, los anillos, el color de los labios, todo lo que estaba guardado desde hacía mucho tiempo comenzó a ser reutilizado.
Ernesto empezó a plancharse las camisas, a lustrarse los zapatos. Con el primer sueldo se compró un par de sweters coloridos y una campera liviana de abrigo.
Se pusieron de acuerdo para llevar un día cada uno la comida. Esto los revolucionó, porque aunque seguían cenando solos, veían que sus pensamientos estaban ocupados en elegir un menú que pudiera sorprender al otro. Se encontraron haciendo las compras para dos, eligiendo verduras, carnes tiernas, frutas de estación que además de brillar tuvieran el mejor de los sabores y que cuando le dieran el primer mordisco, explotaran en jugo generosamente.
La hora del almuerzo era lo más esperado del trabajo.
El recipiente guardaba el misterio hasta que llegaban al comedor. Se ponían ansiosos por saber que había sido capaz de cocinar el otro. Compartían gustos e intercambiaban recetas. Cuando se abría, parecía que se destapaba el cofre de la felicidad. Primero disfrutaban el aroma de la comida en frío y el derroche de colores. Y después, se embriagaban con el vapor del menú caliente, recién salido del microondas.
En ese momento circulaba entre ellos todo tipo de sensaciones y el clima se volvía de profunda intimidad, como si los condimentos fueran afrodisíacos y en el salón no hubiera nadie más.
Sin darse cuenta, algo había cambiado en ellos. Se sentían más entusiasmados. Se reconciliaron con los deseos. Se volvieron inseparables.
Pero ninguno de los dos pudo dar el paso para poder compartir un espacio fuera del ámbito laboral. Quisieron preservar eso que habían construído de a poquito, cuidadosos, precavidos.
El amor arrebatado los había dejado rotos y recién ahora empezaban a armarse, a reinventarse.
Querían transitar esta nueva experiencia de una pasión más ordenada, que no los atravesara como un rayo.
Tal vez por eso iban tan lentos.
Quien sabe a donde lleguen, porque no siempre la pasión y el orden en la vida, viajan juntos.
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