por Alicia Lasala
Siempre había soñado viajar a ese país pequeño pero gigante a la vez y si bien nunca logré pasar la frontera, estaba convencida de que más tarde que temprano, el deseo se concretaría.
Y ahí estábamos a fines de abril del año pasado, Raúl y yo, sentaditos en el aeropuerto esperando para subirnos al avión.
Del lugar adonde íbamos todo el mundo hablaba. Pero las versiones eran siempre diferentes. Había quienes volvían totalmente conmocionados, otros desilusionados y muchos no aprovecharon para conocer lo suficiente como para responder a nuestras inquietudes.
Fue por eso que nosotros no quisimos ni hoteles cinco estrellas, ni paquetes turísticos con todo incluido, ni excursiones.
Queríamos ir a hospedarnos en casas particulares. Hubo una búsqueda arrebatada por Internet, tanto así que cuando fuimos a la embajada a hacer la visa, teníamos que fijar un lugar de residencia y nos fuimos a un ciber y elegimos al azar una de las casonas que habíamos consultado e hicimos la reserva.
Era mi primer vuelo. Los dos ansiosos con la alegría en las valijas.
La sensación de estar entre las nubes, de atravesarlas, de ver las ciudades desde las alturas fue algo increíble.
Cuando aterrizamos, del aeropuerto nos fuimos en un taxi directo a la calle Obispo. Aprovechamos para ir mirando el paisaje.
Todo nos llamaba la atención. Nos recibieron con mucha amabilidad. El sol a las dos de la tarde estaba furioso, pero igual salimos a caminar y andar las callecitas, los negocios abiertos en las casas y lo mejor, empezamos a hablar con la gente.
Esta ciudad vieja, declarada patrimonio cultural de la humanidad se expresa todo el día, todo el tiempo y en cada rinconcito, hay un taller de arte.
Y música sonando en todos lados. Se mezcla la de las casas con la de los bares y las bandas que tocan en vivo en plazas o en los veredones.
El calor invita a estar afuera, las viviendas son de puertas abiertas. No temen, viven seguros.
Los niños, allí son sagrados, así nos han confesado. Y si no lo hubieran dicho igual nos hubiéramos dado cuenta, porque se los ve felices, juegan como pequeños llenos de inocencia y fantasía. Bailan, al estar rodeados de música, canto, el cuerpito se les mueve solo y las manitos van al ritmo de los pies que les es imposible mantener quietos.
Hay mucha vibración especial en el aire. Las pinturas son conmovedoras por sus dibujos expresivos, exaltados por colores puros. Rojos, amarillos, azules, verdes atrapados en negros y blancos que contrastan brutal pero armónicamente. Esas obras, despertaban todos los sentidos.
Hablábamos con gente del pueblo, dedicada a diferentes labores. Nos explicaban que estaban muy orgullosos de lo que habían logrado. Que faltaban muchas cosas, era verdad. Pero preferían en su mayoría sufrir la falta, que caer en un consumo salvaje como el de nuestros países, porque partía en mil pedazos a los seres humanos.
Por eso no hay como acá un bombardeo visual de propagandas incitando a comprar. Los grandes carteles o los murales difunden ideas, citas de hombres que el pueblo no olvida.
Ellos valoran que sus hijos estudien. Se formen como personas. Y que si en algún momento la desgracia los enferma, los tranquilizaba el saber que recibirán la mejor atención, todos por igual.
Una tarde, cuando el sol ya estaba desplomándose rendido, nos sentamos en la terracita de la casa a tomar un trago antes de cenar. Pudimos ver la ciudad desde arriba. Y ahí nos sentimos conmovidos, tristes. Una gran parte de ella parecía que había sido bombardeada.
Claro, sacábamos la cuenta de que habían pasado sesenta años prácticamente aislados del resto del mundo, por años sin ayuda.
Durante lo que ellos dieron en llamar el “periodo especial” no tenían nada más que lo que podían obtener de sus propios recursos. Era admirable escuchar como sobrevivieron a eso, con que valentía y dignidad y con que orgullo también, lo transmitían.
Nos pusimos a reflexionar sobre lo ideológico, lo político, el ser humano, sus capacidades de construcción y destrucción. Porque el abandono de ese pueblo a la deriva, como esperando que desaparezca o se arrodille, lo sentimos esa noche poco más que criminal.
Nosotros podemos decir que nos emocionó comer con ellos, ver como nos preparaban la comida, con que amor seleccionaban las frutas, hacían jugos. Platos sencillos pero sabrosos, abundantes y frescos. Nos consultaban sobre lo que tenían para darnos cada día. Añoro el perfume de los frijoles, la blancura del arroz, que cada mañana con paciencia infinita Ana María volcaba sobre una tela de un blanco inmaculado y apartaba uno por uno los gorgojos. Los tomates los cortaban en rodajas redondas bien delgadas y contrastaban con el verde de los pepinos. El pollo o el pescado eran un manjar lo mismo que la langosta.
Conocer este lugar y otras ciudades de ese hermoso país, no es un viaje que se puede compartir al regreso con todas las personas. No es Cancún, ni la Isla Margarita, ni Machu Pichu.
Es un viaje que esta atravesado por lo ideológico.
Fui apuntando en un cuaderno. No quería olvidarme de ninguna imagen, de los dichos y anécdotas de ellos, algunas históricas.
Nos hablaban mucho de ese hombre que fue nuestro y ahora es de ellos y del mundo y del otro, su compañero, que es la viva voz del quijote de dos siglos. A nosotros nos abrazan al llegar como si fuera una forma de agradecerle a él.
Nos trajimos pedacitos de lo que pudimos, dos cuadros, una escultura de madera de una mulata que parece que en cualquier momento cobra vida, semillas, collares de todos los colores.
No hace falta que te nombre, hiciste realidad el deseo de millones, sembraste ejemplo y esperanza, sos el sueño cumplido.
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