Por Nora Moreno
Cuando pienso en mi infancia rápidamente se me representa mi hogar y siento el aroma del locro hirviendo en aquella olla, que a mí me parecía inmensa, encima de la cocina económica.
El invierno era muy crudo en las sierras, en Julio y Agosto la nieve cubría a todo el pueblo, las temperaturas nunca alcanzaban los 10°C.
En este contexto la vuelta al hogar a mediodía, los días que teníamos clase, era esperado por mi con ansiedad.
Abría la puerta del vestíbulo y ya se percibía el aroma, entraba al living y era recibida por el calor de la estufa a leña que me deleitaba con sus figuras de fuego y sus chispas revoloteando en la chimenea, mientras me sacaba los abrigos, pullover, saco, pantalones y botas que quedaban en una percha al lado de la estufa, esperando calentitos mi vuelta a la escuela.
No me quedaba mucho tiempo allí, ya que el aroma del locro me llevaba a la cocina donde generalmente ya estaba mi hermana, que llegaba antes porque no se detenía a saludar a los vecinos y a cuanto animal andaba en la calle y mi padre que después de haberse despojado de sus abrigos, empuñaba el cucharon y robaba locro de la olla para darle el visto bueno.
Luego de saludar y lavarme las manos, nos sentábamos a disfrutar de la comida, acompañado con un vaso de vino, mientras nos contábamos las novedades de la mañana.
A las dos estaba nuevamente en el colegio hasta las 5 de la tarde de donde volvíamos, con varios compañeros, corriendo para escuchar a Tarzán, patrocinado por Toddy, mientras tomábamos un chocolate muy espeso que nos preparaba mi mama, acompañado de tostadas con mucho dulce de leche. Después hacíamos los deberes y a las 7 mi padre venia en el auto a llevar a mis amigos que vivían lejos, mientras los otros corrían hacia sus casas.
Esta era la hora en que preparábamos la comida. A mi me encantaba cuando había que hacer mas locro. El día anterior habíamos puesto en remojo el maíz, trigo y porotos por lo cual los colocábamos en la olla con el chorizo colorado, patitas y cuerito de cerdo, y por supuesto la falda sobre la cocina para que comenzara a cocinarse. En esas condiciones quedaba hasta el día siguiente, cuando pelábamos las papas, el zapallo y cortado en cuadradito lo agregábamos. Lo que más me gustaba era preparar las salsas, una de tomate, aji picante y ajo y la otra de cebolla de verdeo y páprika diluida con el caldo del locro.
Cuando llegaba mi papa nos sentábamos a comer mientras conversábamos acompañados por el aroma del locro y un buen vino. Luego nos íbamos al living, nos sentábamos en la alfombra alumbrados por el fuego de la estufa, adonde arrojábamos castañas, batatas, etc. que comíamos mientras jugábamos a las cartas y escuchábamos música. Por ultimo llegaba el postre y el café con su aroma que se mezclaba con el olor a leña y a locro. Con este aroma y el crujir del fuego que servía de arrullo a mis sueños, nos íbamos a la cama.
Todo esto tan simple, representa para mi la infancia y la felicidad
No hay comentarios:
Publicar un comentario