por Pupi Martingano
Los dos momentos del año más importantes que convocaban la cocina familiar durante mi infancia y juventud, eran Navidad y Pascuas. Para el primero, todo empezaba 6 o 7 días antes: a la mañana temprano, con mi mamá y mi abuela, comenzábamos a preparar el pan dulce que hacíamos para nosotros y para regalar a las familias amigas, disfrutando del olorcito a levadura y de amasar con ganas, aunque la canícula de diciembre se potenciara con el horno encendido.
Además de los panes dulces, se organizaba el primer plato, mayonesa de ave, y la comida principal, los exquisitos capeletis que mi madre hacía con tanto cariño para todos, y que muchos años después sus nietos bautizaran “sombreritos”.
En el hermoso patio de la casa de mi abuela, en torno a la larga mesa la familia esperaba los ricos platos, anticipados, entre otras cosas, por la sabrosa salsa que aromaba la cocina.
En verdad, no estábamos pendientes como ahora, de los obsequios que trajera Papá Noel, sino que festejábamos el nacimiento del Niño Jesús, a él agasajábamos. Sin embargo, los niños pensábamos en los Reyes Magos y sabíamos que lo que ellos pudieran traer dependía de cómo nos comportáramos ese y los demás días del año.
El amor que la familia expresaba en esa mesa, las miradas tiernas, los abrazos prolongados, las palabras alegres y los retos necesarios, hicieron que el sabor de cada uno de esos manjares que contenían la tradición que nuestros antepasados trajeron en la memoria desde su lejana Europa y que compartíamos en ese instante, fuera único, especial y difícil de reproducir hoy… aún contando con los mismos ingredientes.
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