por María Magdalena Lacentre
Desde que vi por primera vez en mi adolescencia, un libro de historia antigua soñé con ese viaje, con la convicción de que tendría que pelearle duro a la vida para poder realizarlo, pero mi tenacidad y mi Señor me lo convirtieron en realidad.
Y llegó el momento y allí estaba, en ese lugar sagrado donde los Dioses emergían de entre sus templos, para contarnos la historia de la humanidad.
Era un medio día de verano y la temperatura ascendía a 37º , debía subir más de 100 metros por escalones de piedra y sin puntos de apoyo; lo logré y me sentí como una atleta de los juegos olímpicos que gana su primer medalla de oro.
Ya en la cima y admirando esa obra magnífica increíblemente realizada por hombres, giro la vista y veo un BASTÓN. Quedé perpleja ¿cómo llegó hasta allí?
Buscaba estabilidad en medio de un terreno escarpado e irregular para demostrarle a quién lo había llevado, que estaba cumpliendo sus funciones.
Quedé absorta mirando ese cuerpo encorvado y esos cabellos blancos que con tanta naturalidad habían subido el bastón tan alto y de alguna manera se desvanecía mi triunfo de atleta olímpico al compararme con la fortaleza de esa persona, capaz de superar, con sus limitaciones, todo lo que mis condiciones físicas habían logrado con tanto esfuerzo.
Simulando enfocar a la Tribuna de las Cariátides, le tomé una foto a esa señora porque consideraba válida la comparación entre el fervor de aquellos artistas, capaces de construir esa obra, con el de esta mujer que no escatimaba ningún riesgo para poder contemplarla.
Y hoy al mirar esa imagen y recordar la escena, regresan a mi mente los recuerdos y la sensación de estar frente a dos circunstancias capaces de demostrar lo que puede lograr el espíritu humano; porque esa obra no se podría haber hecho realidad sin que los hombres no fueran iluminados por los Dioses y ese BASTÓN no podría haber llegado hasta ese lugar sin el entusiasmo y la fortaleza de esa mujer; e imaginé su felicidad y orgullo, porque al igual que yo estaba cumpliendo un ansiado sueño, pero que su pelea con la vida para poder lograrlo había sido más inexorable que la mía.

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