por Mirtha Edith Tavecchio
Era una noche fría, al soldado Lucero le tocaba guardia. No tenía posibilidad que negase, la orden estaba dada.
La historia del chancho salvaje , que solía atacar por la noche lo inquietaba, su cabeza parecía que repetía "¡el chancho salvaje!".
Llegó la hora del relevo, todo listo, mameluco de fajina, capa, pues estaba lloviendo, fusil en mano ; se dirigió al límite con el monte.
El frío y la llovizna persistente calaba hasta su alma, además, sus pensamientos.
De pronto, ruido de ramas que crujían, se puso nervioso, simulando, gritó, "Alto quien anda ", nada, el silencio nuevamente, la lluvia y el frío lo hacían temblar aún más.
Al tiempo un movimiento y un ruido agudo caló su interior, apareció el miedo y la confusión.
-Alto quien anda!!!. El miedo era cada vez más cercano, algo que reptaba, se dirigía a él. Gritó nuevamente -Alto quien anda... y disparó.
Un horrible quejido sobresalió en aquella lúgubre noche
Algunos corrieron para ver que pasaba. Mire sargento, decía el soldado, creo que maté al chancho salvaje.
Allí entre el pajonal, en un inmenso charco de sangre yacía el cuerpo de su mejor compañero y amigo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario