por Carlos Mazza
Quisiera recordar todo lo que pasó este domingo, desde el principio.
Poco pude dormir la noche anterior y me desperté temprano. A las ocho y media de la mañana, ya estaba tomando unos mates, había un sol radiante. Le dije a la vieja: hoy me esperan los muchachos a las doce en la estación, sabés que es un día muy especial. Si lo sé, me contestó: tené cuidado. Está bien vieja, disculpame con la familia, al mediodía no voy a poder estar, me tengo que ir temprano, para allá.
Los chicos ya me estaban esperando en la estación de tren. Tenían algunos trapos y bolsas. En el vagón íbamos todos tranquilos, todos cantando; pensábamos que en este día se nos tenía que dar, nadie lo dudaba. Las entradas eran escasas como siempre pero por suerte las habíamos podido comprar durante la semana.
Por fin llegamos, a eso de las dos de la tarde, estábamos como a diez cuadras y ahí nos encontramos con muchos más de los nuestros, con sus banderas y sus bombos, con sus diferentes camisetas, que representaban los mismos colores, pero en épocas distintas. Como siempre se había dispuesto un operativo policial, como se dice, para “custodiarnos” hasta la cancha y nos mandaban a todos juntos y amontonados por una misma y estrecha calle, colmada de gente, que desembocaba en nuestro estadio.
Alguien comentó que la reserva ya estaba en el segundo tiempo y cada vez nos poníamos más ansiosos para llegar, y también cada vez vociferábamos más fuertes, para que todos nos escuchen. A esa ciudad industrial, se le agregaban el smog propio de sus chimeneas, el humo y el olor de las infinitas parrillas que había a lo largo de nuestro camino, donde se voceaban: “a los chori, muchachos, a los chori, a los pati, a las tira...” etc... etc...
A eso de las tres llegamos al estadio, oíamos desde afuera cantos desafinados, estruendos de bombos y gritos de nuestra hinchada. Primero comenzó el cacheo usual de la “cana”, luego la fila india y los amontonamientos, antes de entrar; por fin pasamos y pudimos ver la inmensidad de nuestras tribunas cubiertas de gente, banderas, cantos y en lo alto, el sol iluminado, ese domingo especial.
A las 15,30 está anunciado el comienzo del duelo, y minutos antes, lo esperado: la entrada a la cancha de nuestro equipo, ese sublime momento que es el ingreso de un montón de camisetas de hermosos colores, y también el vértigo de sentir como el hormigón bajo nuestros pies se mueve, los petardos suenan por todos lados y esa sensación indescriptible de estar envuelto entre papelitos, gritos, saltos, brazos en alto, banderas que se agitan y ver por último sobre la gramilla de un verde intenso, a esos jugadores, con nuestras casacas, que creíamos que eran más altos, más elegantes, quizás mejores, que todos.
Pero todo eso, era una gran ilusión. Ya pasaron más de tres horas y después de ese primer festejo, el único que vivimos en el partido, todo se acabó.
El estadio paulatinamente va quedando desocupado, los últimos espectadores que llenaron las tribunas con sus bombos y banderas, ya se han ido. Los papeles que quedaron desparramados se vuelan, algunas pequeñas fogatas que se habían encendido, van desapareciendo. Las luces de la cancha se van apagando, el sol ilumina con sus débiles rayos un cielo rojizo por detrás de las tribunas vacías; es el atardecer de un domingo más que junto con el maravilloso sol que nos acompañó, también, lamentablemente se va terminando. Nos estamos quedando solos en los escalones vacío donde antes estaban repletos de gente. Ahora no nos queda otra que emprender el camino de vuelta, sin hablar y con la tristeza de una derrota que no podremos olvidar, hasta el próximo domingo, cuando todo volverá a comenzar nuevamente, con la misma pasión de siempre.
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