viernes, 9 de noviembre de 2012

El susto de la gallega


por María Magdalena Lacentre

Pilar, alias “La Gallega”, era nuestra profesora de historia, había llegado de España no sé cuántos años atrás, quizás cuando era niña, pero conservaba su acento español, que cultivaba día a día sabiendo que ese era su signo distintivo y sobresaliente que junto a su cultura, la destacaban en la sociedad pueblerina.
Era una  “solterona”, cómo   se  llamaba en aquella época a las mujeres  que no habían formado pareja, no tenía más familiares que su hermana, también soltera; por lo que su amor y su pasión  eran los libros y periódicos que aumentaban sus saberes.
Le decíamos “La Gallega”, sin tener en cuenta la región de España dónde había nacido, pero generalmente  en el pueblo, todos los españoles  eran  gallegos sin importar de dónde viniesen. 
Su cuerpo pequeño y bajo, se agigantaba cuando entraba al salón y ante nuestro silencio y temor expectante, nos saludaba con una frase recurrente:
- Buenos días mis queridas niñas, he aquí vuestra profesora,  ansiosa de compartir los conocimientos., frase  bastante irónica si la comparamos con aquella que decía cuando no sabíamos la lección: 
- Ve hija, VE con Dios  que te salve el alma, pues tu intelecto ya no tiene salvación.
Era cruel ante nuestra falta de sapiencias, pero igual la queríamos a pesar de saberla tan  exigente con las calificaciones; porque su amplia cultura y su gracia y salero para transmitirla, nos infundía respeto y admiración. No obstante, ante momentos difíciles de nuestra vida estudiantil, éramos capaces de recurrir a estrategias ilegales para salvarnos.
En sus clases, los primeros bancos estaban ocupados generalmente por las más tímidas o  las que habían ingresado en los últimos años al Instituto, ya que las “nuevas” eran quienes pagaban el “derecho de piso”.
Ese día teníamos prueba escrita sobre los artistas del renacimiento y allí andaban, La Gioconda y Leonardo en algún puño del delantal, La Creación  y La Piedad, escritas con letras minúsculas sobre la pared o en los bolsillos de las osadas algún machete, confeccionado  con tanta habilidad que  parecían una obra liliputiense.
Pero para esa ocasión, estos recursos eran insuficientes; debíamos imaginar algo trascendental que nos salvara; pero a ninguna se nos había ocurrido nada y todas estábamos entregadas a la fuerza de nuestro destino, esperando pacientes como el reo que espera su condena.
La entrada de Pilar y su habitual saludo, nos hicieron trepidar más que nunca, porque estábamos ante una prueba “trimestral “definitoria para nuestra eximición: dejó los libros sobre el escritorio y comenzó a caminar entre los bancos como un guardia cárcel haciendo su requisa  y advirtiendo con su particular acento:
 - A ver tú, sepárate de la pared.,
 – Oye niña, despoja un poco tu pupitre, pues te será imposible escribir, o aquel
 –Pues ya sabéis, sólo la hoja y vuestro conocimiento sobre el aposento.
 Terminada la inspección ocular del salón se dirigió al escritorio y dijo:
 - Bien, vallamos al grano,- que no os ocurra hacer gillipoll.as y espero que no traten de aprobar a tontas y a locas, sin saber ni jota.
-Pues, vale, saquen una hoja!
Ante esta orden, Mirta, que estaba sentada en el primer banco, cuyo pupitre rozaba con el escritorio de la profesora y a quien le había tocado en suerte ese lugar por ser una de las “nuevas” y además provenir de un pueblo cercano, a las que nuestra crueldad juvenil las llamaba “paisanas”, como si nosotras fuéramos habitantes de una gran urbe; llevó  su mano hacia el estante ubicado debajo del  pupitre, dónde guardaba sus útiles; para buscar su carpeta.
El tenso silencio del salón se interrumpió con el grito desaforado de Mirta quien se puso de pie con su gran contextura entrada en quilos y en altura; el golpe del pupitre contra el escritorio y posteriormente el grito de “la Gallega” ; algo voló por los aires, y al detenerse sobre el hombro de la profesora, nos permitió divisar una gran araña negra, peluda y con unas patas largas posada por segundos  sobre él, sólo fueron segundos, porque un descontrolado manotazo hizo que el arácnido fuera a parar al suelo.
Allí estaba, despanzurrado y  con las patas estiradas  en el centro del salón, moviéndose ondulante, como su estructura gelatinosa le permitía.
El silencio volvió a reinar más tenso que nunca y la profesora, tomando aire y tratando de recomponer su autoridad, miró a Mirta e increpándola comenzó a gritarle:
-Cógela, cógela,…cógela te lo ordeno niña!!!!
Mirta, quien era aracnofóbica, aún no había recobrado su cordura y sin razonar a quien 
se dirigía, contesto:
 - Yo no la cojo nada!!!cogela vos si querés !!
Pilar palideció y presa de su ira ordenó: 
- Vete niña, vete, sal de esta clase!
Mirta agachó la cabeza y se dirigió hacia el patio; la araña continuaba aplastada en el piso, la profesora con el rostro pálido, respiraba hondo tratando de superar el trance, nosotras sin reaccionar y paralizadas por la situación; cuando desde fondo del salón, vimos ponerse de pie  a Mercedes, quien  avanzando hacia el frente y  con la estampa de una heroína medieval decía: 
- Calma, calma, yo la cogeré!

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