por Irma Giménez
Había una vez un reino lleno de cantos, pájaros y flores. Un mundo de colores donde los niños podían jugar sin ninguna clase de temores.
Pablito jugaba en el bosque cercano a su casa, que habitaba junto a sus padres y una hermanita más pequeña, siempre rondando un árbol muy ato de tronco leñoso y áspero; era un aromo del cual caían de sus ramas agitadas por el viento unas minúsculas pelotitas como felpilla de color amarillo. El niño las juntaba en su regazo, y luego de varias horas, convertido en artesano, elaboraba hermosas coronitas, pulseras y varias cosas que su imaginación creaba para llevársellas a la hermanita que ansiosa lo aguardaba.
Un triste día el niño enfermó gravemente y tuvo que estar postrado en su lecho por varios meses; la hermanita todos los días en sus oraciones pedía por en pronto reestablecimiento del hermano, quería volver a tener las coronitas que Pablo le hacía con aquellas flores tan pequeñitas.
Ya habían transcurrido varios meses, Pablito aún se encontraba convaleciente. Quiso ir hasta la puerta, su papá lo tomó del brazo y lo acompañó, cuando la puerta se abrió el sol entró a raudales y cuál no sería su sorpresa, la carita de Pablo se iluminó, sus ojos no podían creer lo que estaban viendo. Era maravilloso. El aromo, su aromo, su árbol favorito, estaba plantado delante de la puerta de su casa. Fue un milagro: ¿fueron las oraciones de la niña?
Los pájaros siguieron haciendo sus nidos en la frondosa capa, sus gorgeos y trinos inundaban el lugar, poniendo una linda nota de color. Pablito no salía de su asombro.
Pasaba el tiempo y el Aromo estaba siempre cubierto de esas florecillas en pequeños racimos, que caían sobre el verde césped y los niños las atesoraban para crear nuevos juegos con ellas.
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