viernes, 9 de noviembre de 2012

Travesura

por Lilian Rosedo 

Cambiaron su ropa por una más desarreglada, también se calzaron zapatillas viejas. Pensaban hacer una caminata por los alrededores de la cabaña, pero no eran inocentes, figuraba en sus planes entrar en alguna de las quintas vecinas para robar algo de las frutas que ya estaban maduras. 
Así fue como salieron los tres, con la sonrisa pintada en el alma del niño travieso que querían recuperar esa mismísima tarde. 
Los pastos tiernos se aplastaban bajo esas pisadas, q acostumbradas a las veredas de la ciudad se sentían blandas. Mientras caminaban reían, un poco más fuerte de tanto en tanto, comprobando q no los escuchaba nadie. Eran poco más de las 6 de una tarde espléndida, donde los que trabajan la tierra ya estaban agotando el día, seguramente preparando la cena. 
Casi corrían hacia el lugar donde un rato antes habían divisado, desde el auto que los traía de vuelta de la Cascada,  esos frutitos coloridos, azules violáceos casi todos.
El aire seco les hacía sentir una encantadora levedad en el cuerpo, tan  acostumbrado como estaba a la humedad de Buenos Aires. La brisa era  acariciante, un deleite.
Las montañas estaban ahí nomás, dando un marco magnífico a ese paisaje donde el silencio se hacía lugar, a pesar de sus risotadas de chiquilines.
Llegaron hasta un alambrado q ostentaba unas púas amenazantes, pero para estos ladronzuelos que estaban envalentonados por la hazaña q pensaban cometer, nada los amedrentaba. 
Habían llevado unas bolsas donde pensaban acumular el fruto de su “cosecha” y eligieron una, la más gruesa,  q les sirvió para colocarla en pliegues al costado de uno de los parantes de la alambrada, resguardando los bordes hasta donde llegaban las púas.
Ayudándose unos a otros fueron pasando y ya estaban dentro de la plantación,  sintiéndose audaces por haber vencido este obstáculo con facilidad, pudieron apreciar qué hermosos eran los frutos violáceos, parecidos a las uvas negras, aunque con más espacio entre uno y otro en el racimo.
El gordo Panata, que era un ansioso descontrolado, cortó unos granos violáceos de la primera planta de saúco que tuvo cerca  para metérselos en la boca de un manotazo. Le gustó esa acidez dulzona, y continuó cortando y comiendo mientras Moneti  y  Nuñez seguían por los surcos entre las plantas, metiendo frutos en la bolsa.
Las cosas iban saliendo como habían pensado, hasta que se encontraron con los frutitos color anaranjados. Fue Moneti  quien los vio primero y se apuró a cortarlos sin advertir las espinas de la rosa mosqueta. Fue más la sorpresa que el dolor lo que lo hizo quejarse, y en el silencio del lugar ese simple quejido pareció un grito. En ese momento sintieron el ladrido de los perros y se asustaron. La casa se encontraba como a quinientos metros de donde ellos estaban. Seguramente los perros venían hacia ellos. Comenzaron a correr hacia la alambrada sintiendo una mezcla de temor y de vergüenza que no podrían afrontar si se llegaba a saber lo que estaban haciendo.
Qué dirían en el Banco si supieran que el Jefe de Compras andaba robando fruta en las quintas de Esquel?
Qué dirían en la Editorial si el periodista que vapuleaba en la redacción a sus colegas para entregar la nota a tiempo había sido mordido por perros a causa de actividades rateriles?
Qué dirían en la Caja si el pulido empleado de la secretaría que no aceptaba un expediente mal redactado se había visto implicado en un hurto en tierras del sur?
Los ladridos se sintieron más cerca. Con sus caras arrebatadas por la veloz huída y alarmados por esos pensamientos, llegaron a la alambrada. No disponían ya de aquella bolsa porque la habían usado para los frutos, pero el ladrido era tan próximo que ya no había tiempo para pensar otra cosa, volvieron a ayudarse entre sí para pasar la alambrada. 
Nuñez, siempre el más atletico, saltó primero y comenzó a ayudar a los otros.  El gordo Panata era ágil pero no lo fue tanto como para evitar que las púas le desgarraran el pantalón desde el bolsillo trasero a la parte anterior de la rodilla, lastimándolo. Moneti estaba conteniendo el pánico q siempre sintió por los perros, pero cuando ya había superado la alambrada apoyándose en Nuñez y en el gordo, se apuró a saltar y cayó de pleno sobre su tobillo izquierdo, sintió un dolor punzante  que lo inmovilizó un instante y después se fue extendiendo desde el pie hasta la rodilla. Casi comenzaron a correr por el camino de tierra, siempre al costado de la plantación. Los cuatro perros llegaron a la alambrada y decepcionados por no poder hincarles los dientes, ladraban tan ferozmente que a pesar de estar del otro lado, hacían que se sintieran aún en peligro, no podían correr a causa del tobillo de Nuñez seguramente esguinzado, y la maniobra que  hacía Panata para ir sosteniéndose el pantalón abierto desde atrás en casi toda la pierna los retrasaba.  Les pareció que estaba tan lejos la cabaña… pero al fin, llegaron.
La dueña del complejo estaba hablando por teléfono. Miró con sorpresa esas caras congestionadas, advirtió una cierta renguera en uno de ellos y la ropa con manchas azules en otro. Una particular actitud de los tres ejecutivos porteños que ocupaban la Cabaña 3 la desconcertó. Los saludó cortésmente mientras les ofrecía la llave y les comunicaba que les había preparado una merienda con pan casero y los dulces de saúco y mosqueta, hechos por ella misma con fruta de su plantación, la que si caminaban unos metros sentido sur de las cabañas, les dijo, podrían ver fácilmente.
Los tres rechazaron la oferta deshaciéndose en amables evasivas, que mañana tal vez, pero ahora estaban cansados de su caminata y tomarían un baño y un descanso. Mientras el gordo Panata se retiraba marcha atrás sosteniéndose los bordes del pantalón roto para q no se viera el rayón sangrante en su muslo, nalga incluida,  Nuñez trataba de caminar casi sin apoyar el pié izquierdo y Moneti miraba con recelo que los perros, que seguramente les seguían el rastro,  aparecieran por detrás de su dueña para atacarlos. 
Así los vio retirarse la propietaria de las Cabañas “Las Virtudes”, y se quedó  pensando que nunca terminaría de entender a los porteños, sobre todo cuando eran ejecutivos serios como éstos, que no se relajan ni para merendar.

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