jueves, 27 de junio de 2013

El hambre

por Nezka

Corría el año 1991, yo trabajaba como docente en la escuela n°123 rural, ubicada en la ruta 2, kilómetro 44, 500, paraje “El peligro”.
La zona estaba poblada por familias venidas del noroeste, especialmente de Jujuy y Bolivia. Trabajaban en las quintas y en los criaderos de ponedoras. Vivían precariamente.
Los niños comenzaron a concurrir a la escuela, nunca hablaban, siempre con la cabeza gacha, mirada huidiza, como pidiendo perdón y ocultando las culpas cometidas por los mayores.
Por la diversidad de los problemas de cada familia, nos uníamos con la maestra de música y la de plástica, tratando de amenizar las clases con canciones, dibujos, juegos que nos hicieran descubrir con gestos o sonrisas que habíamos logrado llegar a ellos.
Un día. Como los anteriores preparé con la profesora de música la canción: “El viejo Matías” de Victor Heredia;; la clase resultó amena, los niños memorizaron la letra, cantaron y hasta imaginaron quién y cómo era el viejo Matías.
Pero lo más hermoso lo recibí al dia siguiente, al entrar en una galería “multiuso”, vi en el pizarrón de las novedades dinujado en un cartón una pequeña estación de trenes y en un banco de madera un niño con un bolso gris y su mirada perdida en el vacío. Abajo firmaba, Alberto.
Me quedé en silencio y comprendí todo. En su pequeño cuerpito y en su alma de niño había “hambre”, hambre de besos que esperaba de mamá, de las manos que no acariciaban su frente, de los brazos que no lo sujetaron.
Ahora te comprendo, Alberto, espero que el Señor haya llenado ese vacío del alma que es el más difícil de llenar.

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