por Nezka
Sentada en mi rincón preferido de la cocina, recordaba mis primeras e inesperadas vacaciones. Tenía quince años y un tío solterón, buenazo y chiquilín, un “Don Fulgencio”. Vivía en Punta Alta, de él surgió la idea... Había que planificar el viaje, ni auto ni colectivo: en riguroso tren y en dos etapas, una de Chilecito a Retiro y la segunda era la más fácil porque en Buenos Aires me esperaba José, mi tío, para continuar al día siguiente en tren hasta Coronel Pringles y en colectivo hasta Punta Alta.
Estaba todo “casi perfecto”, pero parado a mi lado mi padre sin decir una sola palabra, que en realidad no hacía falta, porque sus ojos me preguntaban “¿con quién viajarás hasta Buenos Aires?”. Allí comenzó mi odisea, no podía perder semajeante oportunidad: ¿a quién preguntar? ¿en el Mercado? No, no era el lugar adecuado, y la estación estaba a cuatro kilómetros de casa. Había que pensar algo... de pronto se me iluminó la vida y con el permiso de las gallinas comencé a vender huevos, pero como a mí me daba vergüenza mandaba a mi hermana, que los vendía en la casa de un interventor que nos conocía. Cuando la veían llegar los chicos le gritaban “mamá, la chica de los huevos”, pobre hermana... Así conseguí el dinero, alquilé una bicicleta y llegué a la estación... Paradita al lado de la ventanilla controlaba a las personas y fechas de viaje... Por fin apareció una abuelita que coincidía con las pretenciones de mi padre.
Así pude realizar mi tan ansiado viaje que a partir de entonces fueron mis vacaciones.
En Punta Alta los paseos eran distintos; allá aparte de José vivían sus hermanos Gonzalo y Josefa.
José y Gonzalo eran tan pero tan distintos como el día y la noche.
Con José y Josefa íbamos a Ingeniero White y en un bolichón bebíamos cerveza y degustábamos frutos del mar, super frescos y deliciosos. Cuando la salida era con Gonzalo con mi tía lucíamos nuestras mejores prendas y allí partíamos a la confitería “La Perla” de Bahía Blanca, bebíamos cerveza en sapitos con masas finas no olvidando usar nuestros mejores modales. Cualquiera de las dos salidas eran maravillosas.
El tiempo pasó, era el año 1962, yo ya estaba en La Plata, y en una de mis escapadas a Punta Alta, recibí una carta de mi novio, que en el dorso había escrito su nombre y apellidos completos y el materno coincidía con el de un compañero de romerías de mi tía, allá en su Satander no olvidado. El había emigrado muy joven a los Estados Unidos y de quien nunca tuvo noticias. Cuando se conocieron mi suegra y mi tía trjeron a su memoria recuerdos guardados en lo profundo de sus corazones.
Gracias José, po haber hilvanado con tu generosidad esta historia, donde reuniste varias generaciones por hacernos comprender que los designios de Dios siempre se cumplen... ¿o no? Fijate, debo entregar esto que escribí a un hijo de Punta Alta, ¿será casualidad o causalidad?
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