martes, 4 de junio de 2013

El Mikilo

por Nezka

Chilecito, valle rodeado de montañas; al noreste el majestuoso Famatina muestra  su blancura perenne y en sus entrañas guarda con orgullo y celo, el oro tan codiciado.
Abrazando la ciudad, el desierto, ríos secos que sólo cobran  vida con las grandes tormentas. Allí conviven víboras, salamancas, arañas y cuantas alimañas te atrevas a imaginar.
Me veo en el ayer, escapando de las odiosas siestas; siempre hacía el mismo camino atravesaba el río en diagonal, rodeaba el cementerio y llegaba a las ruinas de las tamberías del Inca, el más importante del centro oeste, descubría pircas que separaban lo que yo pensaba eran habitaciones; hoy es la Nada.
Se comentaba que en las siestas cuando el sol partía la tierra aparecía del medio de las ruinas, un ser adulto de estatura pequeña, rostro demoníaco, con un poncho y un gran sombrero aludo negro. Su cuerpo emanaba un fuerte olor a azufre. Se alimentaba de gallinas y ovejas que robaba, su diversión era asustar a los niños que no dormían la siesta.
El mikilo diaguita pertenece a la familia de los dioses salvajes.
Lo busqué durante toda mi niñez, pero nunca lo ví. Me dijeron que no le gustaba ser perseguido, sino aparecer de sorpresa.

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