por Cristina González
Estaba en la cocina preparando la sopa para la cena. María Beatriz conversaba animadamente en su pieza.
No era la primera vez que lo hacía. Muchas veces la había visto charlando sola. Si uno no la hubiera estado mirando podía asegurar que no estaba sola, es más, hubiera asegurado de que estaba conversando con alguien. Pero yo la miraba y estaba sola, gesticulando moviéndose mirando a alguien que a su vez acompañaba la conversación.
Dejé de cortar la verdura y despacito me acerqué a la puerta. La conversación seguía.
¿Con quién charlás?- pregunté
Con Marianito- respondió
Tampoco era la primera vez que se daba un diálogo parecido, Otras veces había sucedido pero se negaba a responder o respondía cuando ya la situación había cambiado. Es decir cuando Marianito ya se había ido. Esta vez pareció más dispuesta a dejarme participar.
¿Y dónde está Marianito?
Está aquí sentado en el borde de la cama al lado mío
¿Dónde me puedo sentar yo?- pregunté ávida de seguir la conversación y no cometer el dislate de sentarme encima del visitante.
Sentate ahí- me señaló un lugar más distante de ella.
¿Él me ve?
Si, y se está riendo
No siguió mucho más la conversación, ella le explicó que yo era su mamá. Le pedí que describiera a su amigo.
Marianito era un duende, que se aparecía cuando ella estaba sola. No aparecía cuando estaba con amigos y siempre venía de día. Tenía las orejas en punta, cabello negro, un trajecito turquesa, un gorrito caído para el costado, bajito y cabezón.
¿Por qué yo no lo veo?
Porque sólo quiere que lo vea yo – contestó
¿Y de qué hablan?
De cosas – invariable respuesta
¿De qué cosas?
De cosas
¿Le tenés miedo?
¡No si es mi amigo!
Un día la abuela la llevó a pasear y María Beatriz se quejó de que no habían llevado a Marianito. Entonces la abuela sin sorprenderse le dijo:
Es un duende puede venir si quiere.
No sé en que momento Marianito dejó de venir.
Hoy cuando tocamos el tema María Beatriz sigue diciendo que Marianito era real para ella. Lo veía, escuchaba su voz y la acompañaba en los momentos en que estaba sola. Considera que ella tenía una sensibilidad que le permitía ver este ser extra sensorial. Cuando uno se hace más grande esa sensibilidad se pierde y ya no se permite ver estos seres.
Yo tengo mis dudas. No puedo discutirle esta explicación pues a mí no me pasó de pequeña, pero después de la muerte de mi padre yo sentí su presencia en momentos de gran necesidad. Sus manos tibias, un arrobo interior muy fuerte que evitó mi desmoronamiento.
Ojala hija mía tengas ese duende o el que necesites para que te cuide en momentos difíciles.
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