por María Guillermina Volonté
Se levantó como todas las mañanas a las 8:00 en punto.
Para qué antes, si no tenía nada que hacer.
Desayunó lo habitual: una taza de café con leche y tres galletitas con queso crema.
Luego se dirigió a la computadora, canturreando inconcientemente “…hoy puede ser un gran día, plantéatelo así…”, sabiendo que eso era imposible.
Abrió el correo electrónico y como siempre: << ¡Qué cantidad de mails basura! ¡Cada vez más! Mirá que me va a interesar hacer un curso de adiestramiento de perros por internet ó comprar toda una colección de CDs con la Historia del Universo ó un curso multimedia de piano... ¿Para qué quiero eso?... pero igual siguen insistiendo >>, se dijo.
Automáticamente iba picando con el mouse en esos reiterativos mails y clickeando en la cada vez más gastada tecla de Delete.
Pero de pronto se detuvo, una palabra escrita con mayúsculas le llamó la atención: EULALIA.
Su mente funcionó a mil: << ¿Será la tía Eulalia que me escribe desde el más allá? >> y se rió…
Pero la curiosidad pudo más. Lo leyó íntegro. El mail tenía un adjunto con un pasaje electrónico de ida solamente, con fecha abierta, a EULALIA, un pueblito costero del sur de Italia, y un voucher por tres días en el mejor hotel del lugar.
<< ¿Y esto, se habrán equivocado? >>
Pero no. Estaban a su nombre, todo coincidía, hasta el número del pasaporte.
Se quedó pensativa, << ¿Por qué solo de ida? ¿Y quién pretenderá que deje la tranquilidad y la paz de este dos ambientes por un viaje a lo desconocido? >>
Cerró el mail, pero no lo borró y siguió con su rutina diaria: <<Vamos a ver qué pusieron hoy en el Facebook… Todas personas que ni conozco, que no las he visto nunca…>>
A mediodía almorzó lo de siempre: una pechuga a la plancha con ensalada, miró el noticiero y el programa de chimentos por la tele y luego su tradicional y siempre respetada siestita.
Pero esta vez no pudo dormir bien.
Cuando se levantó otra vez el tema de Eulalia le rondaba la cabeza.
Primero recordó a esa tía abuela que llevaba el nombre de una santa española, a pesar de haber venido de Italia...
<< ¿Tendrá algo que ver? >>
Volvió a la computadora. Releyó el mail. No decía mucho, solo que le enviaban ese pasaje y ese voucher y lo firmaba un tal Genaro Sanguinetti, escribano.
- Aaaahhhh NO, yo no me voy a enganchar en esto, cómo me voy a arriesgar a algo tan poco claro, tan desconocido y aventurero.
Y así terminó el día.
Al siguiente repetir la rutina.
Pero algo le seguía dando vueltas en la cabeza y esta vez canturreó: “si la rutina te aplasta, dile que ya basta de mediocridad”…
- ¿Por qué se me habrá pegado esta canción de Serrat?
Sin saber el motivo buscó su pasaporte y verificó la fecha de vencimiento: todo en orden.
Al cuarto día dijo ¡¡BASTA!!
Bajó la valija con rueditas, la limpió, la llenó de algunas ropas – previo fijarse en internet la temperatura en el sur de Italia – hizo unos llamados telefónicos, entre ellos a su remissero de confianza y partió para Ezeiza…
Llegó a Eulalia, se instaló en el hotel, preguntó al conserje, en su elemental italiano, si conocía a un escribano llamado Genaro Sanguinetti.
- ¿Cómo no lo vamos a conocer? Éste es un pueblo chico, nos conocemos todos. Y le dio la dirección.
Hacia allá fue y cuando el buen señor le explicó que esa tía lejana le había dejado en herencia una finca en lo alto de la principal colina del pueblo, desde donde se podía divisar el azul intenso del Tirreno, cayó desmayada. Literalmente desmayada. Don Genaro la reanimó y la invitó a conocer el lugar.
- Pero eso sí - le dijo – hay una condición.
- ¿Una condición? – <<ya me parecía que no era todo tan sencillo>>
- Se tiene que quedar a vivir aquí y ocuparse de la producción de limones que ha sido una tradición en la familia y que se venden únicamente en el mercado del pueblo. Nada de exportar a otros países o esas cosas modernas de vender por internet. Fueron las palabras de Genaro.
<< Esto no es para mi, si yo lo único que sé es navegar por Internet y ver televisión >>
Pero igual lo siguió.
-¡Vamos! ¡Prego! - le dijo Don Genaro.
Cruzaron el pueblo y allí estaba el mercado, con sus puestos de frutas, verduras, pescados, aceitunas, flores, etc. etc.
Su gente la saludaban como si la conocieran. <<Gente con rostro, no como en el Facebook>> pensó.
Una amalgama de colores, olores y sonidos…
Respiró profundo y sonrió.
Se sintió feliz.
¿Y la finca? Una hermosura, pequeña pero confortable, con las plantaciones repletas de limones y ese aroma que flotaba en el aire…
“Qué todo cuanto te rodea lo han puesto para ti. No lo mires desde la ventana y siéntate al festín”… << Este Serrat es un genio >> pensó…
Recordó nuevamente a la tía Eulalia y lloró… pero de alegría…
Felicitaciones....muy buen relato...!!
ResponderEliminarGracias, Vivian!!! Siempre alentándome...
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