por Irma Giménez
Este relato comienza así: cuando tuve cinco años aunque ustedes no lo crean, iba a la escuela en tren en medio del campo, de una estación a otra corría el año 1935. Vivía en la estación Sojo y en las estaciones Toledo estaba la escuela, papá le recomendaba al guarda que me cuidara pero una vez que le entregaba el boleto no lo veía más. Toledo... un pueblito de pocas casas, no creo que fueran más de veinte, cuando bajaba del tren en esas callesitas me perdía y llegaba a la escuela llorando.
¡Ah! Y en el año 1940, sí era muy chica, pero conocí a esos insectos -langostas-; llegaban en bandadas, arrasaban los sembrados, pastos, árboles y todo lo que tenían por delante; no quedó ni huerta, ni jardín; las chacras de la zona sufieron las terribles consecuencias; la cosecha quedó completamente arruinada.
Me acuerdo de este año, 1945, pleno auge del turismo carretera, papá nos hizo levantar temprano, era domingo, fuimos al cruce de la ruta 41 -venía de Lobos, nosotros estábamos en la estación Berra del Partido de Monte- para ver pasar los autos de la carrera, los hermanitos Galvez venían liderando, eran los favoritos de papá. Un puntito negro se dibujó en el horizonte, se acercó muy rápido y pasó delante nuestro como una exhalación entre una nube de tierra que nos dejó sin aliento. Mi papá quedó muy contento porque vio pasar a sus ídolos.
También haré un retrato de mi hermanita Marta, no es como yo, tenía cabellos rubios y ojos verdes, muy menudita, una muñeca, en el año 1948 cumplió 15 años, le gustaba la música y cantaba muy bien, nos complacía sobremanera escucharla, a su pequeño acordeón le arrancaba música como si fuera un piano, interpretaba al repertorio de Feliciano Brunelli, un gran acordeonista de la época.
En el año 1949 vinimos toda la familia (mamá, papá y hermanos) a vivir a La Plata, a raíz de la enfermedad de papá, no sé si la compra de nuestra casa fue apresurada, tenía muchos años, o esta catástrofe tenía que suceder, apenas cinco meses que estábamos radicados aquí, un maldito ciclón se llevó los techos por la noche y la lluvia siguió durante tres días consecutivos; gracias a la ayuda de los vecinos que nos albergaron en sus casas, hasta que mamá pudo reconstruir y edificar nuevamente.
También en ese año 1949 mi hermano Ricardo cumplió 21 años, por lo tanto tenía que hacer el servicio militar, toda la familia atenta frente a la radio donde informaban si les tocaba un año en el ejército o dos años en la marina. Ricardo era radiotelegrafista del Correo Central, en Buenos Aires; la noticia nos dejó atónitos, perplejos, dos años en la marina, nos abrazamos todos y no queríamos lagrimear; eran muchas las tristezas que estábamos soportando. Sí, tuvo que cumplir, no tuvieron ninguna consideración por la enfermedad que estaba transitando papá, fueron impíos.
En el año 1975 reseñé mi vida en estas líneas:
Miro lejos un espejo
en él reflejados mis recuerdo están.
Voy a la escuela
me despide mamá.
Yo tengo 15 años
muchos son mis sueños
en el espejo están.
Y los años siguen pasando...
Voy al trabajo
y un día, ¡qué alegría!
Me voy a casar.
Pero qué pasa,
soñando no estoy
tengo en mis brazos
una muñeca rosa.
En mi regazo duerme
Encontré el motivo de mi existir,
el por qué de mi vivir.
Debo haber sido muy buena
por el premio que recibí.
Y un día, lo tengo bien presente, año 1999, ese montoncito de carne rosada me hizo inmensamente feliz, Andrea, mi hija, cumplió cuarenta años y estas fueros las palabras que le escribí: Que este cumpleaños te sirva de hermoso prólogo para un nuevo amanecer. En luchas buscás el bien, sin darte cuenta que ya lo has encontrado en tu propia grandeza.
Corría el año 2008, Andrea dictaba clases como profesora de educación física en el jardín 959 del Peligro. Ayelén, una niñita de 4 años, hija de un quintero de la zona, nunca salía a jugar en los recreos, se quedaba sentada muy quieta en la cocina de la escuela, después de preguntarle y preguntarle, Ayelén se decidió y confesó que no sabía jugar con sus compañeritos, porque tenía frío, las maestras y la profesora se quedaron mudas y así fue que nos reunimos a fin de hacerle llegar el abrigo necesario a la linda Ayelén.
Remontándome a muchos años atrás, les diré que, un día cumplí quince años, estrené un vestido lleno de volados, zapatos blancos perforados y ensortijaron mi pelo, ese año, el mes de octubre se presentó muy lluvioso, menos que agradable, ese día amaneció lloviendo. Se acercaba el mediodía, hora establecida para saborear los ricos platos preparados por mamá, estaban mi familia, los abuelos y alguna amigas. Pero ¡oh! Una oveja se metió en la huerta, no supe por dónde entró, corrí a espantarla, ya estaba devorando la lechuga que mamá nos hacía en la ensalada. Me preseté en el comedor con mis zapatos blancos embarrados, mi vestido nuevo completamente mojado y mis rulos despeinados. ¡Qué calamidad! Dijeron todos y encima me aplaudieron.
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