por María Guillermina Volonté
Cuando quiero recordar momentos de mi niñez, en su mayoría son “flashes”, imágenes, sonidos, olores… todos ellos llegan y se van como relámpagos: la imagen de mi padre sentado a la cabecera de la mesa de la cocina, cortando simétricamente el imperial ruso de los domingos o en su escritorio, frente a su máquina de escribir, aquella legendaria Olivetti…
El sonido del piano de mi abuela Corina, quién con sus dedos largos y delgados, que no coincidían con su pequeña estatura, desgranaba maravillosamente alguno que otro tango de la época…
El olor a la pizza casera que preparaba, muy de tanto en tanto, mi mamá, sobre todo cuando nos visitaba la tía Sara…
El sonido de los ruidosos besos que nos daba la inolvidable tía Chicha…
Y por qué no, aquella vez que, sentada en mi pequeña sillita de madera con asiento de paja, me apropié del álbum de figuritas de mi hermano y emulándolo a él y a sus amigos, fui arrancando, figurita por figurita, al son de “la tengo, no la tengo”…
Pero hay un hecho que lo recuerdo nítidamente de aquellos años.
Promediaba 1955, yo tenía 9 años recién cumplidos, los sucesos nacionales de la época y la ideología inclaudicable de mi padre, manifestada semanalmente en las páginas de su periódico “El Argentino”, hicieron que un buen día se lo llevaran detenido junto a otras personas, todas ellas con un factor en común: estar en las antípodas del pensamiento de quienes estaban en el poder.
Me enfermé, volaba de fiebre y entre sueños escuchaba palabras y frases que no entendía muy bien: “que está en Sierra Chica”; “que hay rumores que incendiarán la imprenta”; “que hay que tener cuidado”; “que los chicos”; etc., etc.
De noche nadie dormía, en las sombras veía pasar a mi madre, mi tía, mi abuela… con la preocupación a cuestas… no entendía nada…
No recuerdo cuántos días pasaron, lo que si recuerdo nítidamente, fue que una noche desperté escuchando la voz de mi papá, que venía de la habitación contigua a la mía.
¡¡Si, era su voz!! ¿Habría vuelto? Me levanté y corrí hacia su habitación.
Grande sería mi sorpresa cuando me vi frente a “otra persona”… Me paralicé, ¿ese era mi papá?
Él me sonrió y estiró sus brazos, me llamó para que me acercara… Si, era su voz… pero… qué tenía que no lo reconocía?
Fueron solo unos segundos… enseguida reaccioné… Era mi papá, ¡pero era un papá sin bigote! Producto de esos días “lejos de casa”, obligado a cambiar su típica fisonomía…
¡¡Allí corrí y lo abracé!!
Era mi papá, si… El mismo, ¡¡pero sin bigote!!
No importa, me dije, un bigote crece pronto…
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