por Myriam Zubiarrain
Suena el despertador, lo apaga, se levanta, va con urgencia al baño, se enjuaga la cara, pone el agua a calentar para el café, calienta la leche mientras corta el pan para las tostadas, pone la mesa, son cuatro tazas, y comienza a despertar de a uno; de a uno entran al baño, se higienizan, comienzan a prepararse.
Ella entonces levanta tres mochilas, tres guardapolvos, busca la camisa acorde para la actividad que él va a desarrollar, para acelerar el tiempo de vestirse.
Los cuatro se sientan a la mesa, untan sus tostadas, toman sus cafés con leche: a medida que terminan entran una vez más al baño a cepillarse los dientes, mientras ella levanta las tazas, las lava, guarda la manteca y sacude el mantel; entonces los cuatro se dirigen al auto, mientras ella se coloca la bata, toma la llave, se acerca al auto y reparte cuatro besos, abre el portón, da un último saludo con su mano, cierra el portón con llave; vuelve a la cocina nuevamente a calentar agua, leche, corta pan para tostadas, prepara un café con leche, se sienta a la mesa, levanta la mirada y piensa…..
…de pronto se ve a sus once, doce, trece años caminando por el pasillo de su casa, pisando las flores naranjas de la bignonia de invierno de la casa vecina, que explotaban con cada pisada, caminando con los libros de piano entre sus brazos, yendo a lo de la profesora Rosita por la calle 9 de julio totalmente adornada de jacarandás, eran dos cuadras, y al llegar, los tres pianos del conservatorio ocupados, en uno estaba Hugo con sus manos delgadas y bellas ejecutando a Beethoven, Bach, Chopin; tan lindo Hugo y tocaba tan bien el piano. En la terraza de su casa se hacían los asaltos, donde se reunían los compañeros de piano, y sumaban ella, las amigas de la Dante y él, los compañeros del Nacional, ellas llevaban algo para comer y ellos eran los encargados de la bebida, y siempre sonaban en el winco de Hugo Los Beatles. Esos amigos que en las tardes de verano iban a su casa a encontrarse en la vereda para caminar hasta el Parque Independencia, a sólo cuatro cuadras de su casa, a detenerse en el bar del laguito a tomar una gaseosa; los que una tarde de diciembre se despidieron en la estación de ferrocarril Rosario Norte, cuando ella su madre y hermana iban a vivir a La Plata donde las esperaba el padre después de seis meses de afincarse en esa ciudad; el viaje en tren hasta Retiro, hermoso, novedoso, lleno de expectativas.
Pensaba en el desarraigo, en el dolor que le causaba despedirse de esos amigos a los que volvería a ver, no sabía cuándo; recordó ese verano, el inicio de las clases en el Normal 2 de La Plata, donde sus nuevas compañeras la llamaban “Estrellita, esa pobre campesina”.
Recordaba el nuevo camino al conservatorio, esta vez arbolado de naranjos, que olían profundamente cuando comenzaba la primavera, su profesora la señorita Delia, augurándole un destino como pianista y ella dudando entre la Universidad y piano; cuántos proyectos, cuántas ilusiones. Se recibió de profesora de piano y se dedicó a estudiar, eligió antropología; pensaba en una antropología revolucionaria que le ayudaría a cambiar el mundo, con la que viajaría; qué lugar del mundo no iba a conocer, no habría lugar por recóndito que fuera que no estuviese a su alcance.
De pronto tuvo miedo, llegó la dictadura, recordó los cacheos antes de entrar a las catacumbas de Humanidades, los soldados mirando a través de las puertas de las aulas, los caballos subiendo y bajando por las escaleras.
Su noviazgo que le abría un mundo nuevo y nuevas expectativas, su viaje a Venezuela y casamiento, Venezuela sería un trampolín, ¿a dónde? Al mundo…...
Volvió a su café con leche, que se había enfriado, lo calentó nuevamente y continuó….
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