viernes, 1 de noviembre de 2013

La injusticia bien entendida empieza por casa

por Alicia Lasala


Me resultaba difícil escribir sobre las injusticias. No por ignorancia. Sino porque tengo un listado tan extenso que podría dividirlo en familiares, sociales, laborales, colectivas. 
La injusticia bien entendida empieza por casa. 
La verdad es que desde muy pequeña en el seno mismo de mi familia, la injusticia brotaba desde el trato cotidiano, a las reuniones que se celebraban una vez por año.
Pero a nosotros nos educaron sin derechos, con largas listas de deberes y obligaciones, sin ningún argumento que los hiciera sólidos, comprensibles. 
Era así, porque era así. Y si te gusta bien y sino también. Calladito la boca. 
Cuando la acción injusta venia de alguien de afuera, si nos animábamos a contarla, por el solo hecho de desahogarnos y de buscar contención, apoyo, la respuesta era: “que se le va a hacer, hay que agachar la cabeza y seguir”.
Lo cierto es que en ese ámbito de preparación para la resignación, en la que también jugaba en primera la religión, crecimos como pudimos.
Con mi hermana mayor dio un resultado óptimo, pero como no hablaba construyó una personalidad perversa y dañina. Casi tan idéntica a la de mi madre.
Con mi hermana menor, pudieron a medias, porque ella de grandecita se fue dando cuenta que de las agresiones gratuitas internas y externas, había que defenderse y no quedaba otra que abrir la boca. Y ahora es una leona.
Y conmigo la verdad es que les fue bastante mal porque soy el producto acabado de lo que he dado en llamar la teoría del contra modelo. Es decir, ante la imagen de un modelo tan rígido que uno no comparte en lo más mínimo, termina parado exactamente en la vereda de enfrente.
Y doy gracias, no digo a dios porque no creo. Pero doy gracias a quien me iluminó.
Fui contestaria desde que tengo memoria. Eso me llenó el camino de piedras y no fue fácil transitarlo. Pero es bueno, lo que no te mata, te fortalece, así dicen. Y si hay algo que debido a ello he tenido que cultivar en mi vida es la voluntad, para poder intentar, volver a intentar hasta llegar. Ubicada en los lugares más incómodos, de manera consciente y convencida debía luego arreglármelas como pudiera.
Es dolorosa la injusticia, lo único que ayuda a la reparación es no terminar cargando con ella y encima, traicionándose a uno mismo.
La discriminación se desliza como una serpiente silenciosa, va rozando los talones de las personas y descarga su veneno en la más débiles o sensiblemente desamparadas. Contra ella no parecía haber antídoto en mis años de niña. Los adultos, en general mis tíos, tenían esa insana costumbre de dirigirse solamente al niño de la casa que ellos por afinidad o gusto habían elegido. Y entonces el otro, o los otros quedaban parados como si fuera estatuas de hielo, a los que solo se les movían los ojitos de un lado a otro para no perder ninguna acción de las que se estaban desarrollando en ese ámbito. La desilusión siempre era el paso siguiente. Por que ese adulto, tan poco cuidadoso, seguramente cegado por el papel de padrino o por decisión propia, venia con un regalo solo para su preferido. Esa actitud casi mezquina, solo genera dolor y mucha controversia en la relación entre los hermanos.
Después viene la escuela. Para describir los días dentro del Colegio Nuestra Señora del Rosario no habría rosario que alcance. Madres de la discriminación e hijas de los castigos más vergonzosos y denigrantes, eran las monjas. Y había en ellas un rencor que siempre pensé que les nacía de estar casada con un marido ausente físicamente y una imposibilidad, como consecuencia de sentirse mujeres amadas y de ser madres. Todas cosas que van contra la naturaleza misma de las personas. Ellas cometían abusos reiterados con nosotras, porque sabían que en casa no teníamos voz ni voto. Lo que pudiéramos contar las tenía sin cuidado, porque los padres, a diferencia de lo que sucede hoy, no daban lugar a cuento, ni a lágrimas. No nos creían. Decían que exagerábamos, que era puro teatro.
Pasando al plano laboral, siempre mis ideas fueron humanistas, podría decir que revolucionarias para la época. Siempre supe de que lado quería estar. Y ese no es precisamente el lado de los explotadores, sino de los explotados. Por eso, no le debo nada a ningún patrón de los que tuve. El día que tuve que hablar no me calle, y si me tuve que ir me fui. Y cuando tuve mas responsabilidades, como la de criar un hijo sola, no me endulzaban los oídos los cantos de sirena. No me pudieron torcer ni alejar de mis convicciones.
Y cuando llegaron los años de las grandes masacres y de las desapariciones en masa y los mal llamados enfrentamientos, algunas pérdidas personales me fueron sacando de una ciudad y poniéndome en otra, lo cual creo que fue lo que me salvo de caer en el epicentro del dolor. 
Respecto de este capitulo sangriento y doloroso de nuestra historia reciente, que fue la injusticia colectiva, donde todos vivimos en peligro, sospechados, apuntados, donde sobrevivimos casi a veces pienso porque no era nuestra hora, quiero decir que he abrazado esta causa como propia. Como si los desaparecidos estuvieran conmigo, como si las marcas de las torturas se hubieran metido para adentro como en el doblez de una tela fina. Donde estén, estoy y voy a tener abrazada esta causa siempre junto a mi pecho, firme. Porque definitivamente pienso que los que fueron responsables de tamaña tragedia, no tienen que estar en sus casas, hay un único lugar para ellos. 
Yo conozco bien de adentro ese desgarro. Por eso siento que nadie puede permanecer indiferente ni mirar para otro lado ni decir ah no se no se a mi no me paso. Si, nos paso a todos. Y por eso nos cuesta tanto volver a reconstruirnos como sociedad. Por que destruyeron todo ese tejido de red solidaria que ayudaron a crear. Y entonces cuando saltábamos lo hacíamos al vacío.
Yo conozco de adentro ese dolor. Ese ardor de la injusticia y la incertidumbre. De la discriminación que sufrieron los familiares por aquellos años. Esa llaga en carne viva, relamida en soledad, esperando el regreso de un hijo, un hermano o familiar vivo, aunque el tiempo nos gritara en la cara que no había podido esquivarle a la muerte. 
Frente a este dolor colectivo, todo lo anterior se vuelve anécdota de niña y adolescente. Son picaduras de abejas que ni siquiera alcanzaron a dejar huellas. Pero este plan siniestro que asoló la patria, nos llevará sin duda lo que nos quede de vida para buscar justicia, para encontrarlos y poder cerrar un ciclo vital. Quedará en el corazón de nuestros hijos, que relatarán con orgullo sus historias de vida para que nunca más volvamos a tener que salir a luchar con las manos vacías y las cabezas llenas de pañuelos blancos. 

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