por Celina Bertomeu
Subió al camión ayudada por el hermano. Los otros, los más chicos, la siguieron a los empujones. Risueños, sudorosos, entusiasmados se fueron ubicando como podían. Ella se sentó en un rincón, aislada, el pelo lacio tapándole la cara, cubriéndose las rodillas con la pollera, los brazos cruzados sobre sus pechos. La cabina estaba repleta de muchachones chistosos y algunas chicas sonrientes, alborotadas. Se codeaban, se miraban de reojo, se tomaban de las manos. Ella se puso de pie y se acurrucó entre los hermanos. Ellos no le hicieron caso, tan contentos, tan entusiasmados por llegar. Iban cerca del pueblo a ver el partido de futbol en el camión del puestero. Ella se contagió de las risas e hizo algunas bromas tímidas, tapándose la boca. El camión iba dando tumbos por el camino, levantando polvareda, llenándolos de tierra. Ella cayó, en una sacudida, en los brazos de un hombre. El la tomó, la apretó contra sí. Ella sintió una descarga eléctrica por todo su cuerpo y supo que estaba perdida. El la soltó con cuidado y le dedicó una sonrisa. Ella se confundió y en lugar de sonreir se echó a llorar mientras con una mano silenciaba las mariposas que aleteaban en su vientre. Entre lágrimas levantó la vista. Es mi hombre, se susurró. Es mi vida, mi corazón, es mi pecho, mi canción. Ay, mi amor, apaga mi fuego, contiene mis ansias, aquiétame. Bajaron del camión a los empujones, él de un salto sin siquiera mirarla. Ella corrió, tropezó, se arañó los brazos entre los chañares, se lastimó la cara. Entre tanto, bombos y timbales golpeaban cada vez con más fuerza sus entrañas. Ella se le puso a la par, lastimada, sucia de tierra y de sangre, decidida a abordarlo. Desquiciada. Nos escaparemos juntos, nos iremos una noche, me quedaré a tu lado, mi amor, trabajaré duro, seré tu mujer, seré tu vida. Mi dueño, mi amor, mi hombre. Muerta de pasión y de ansiedad, caminó a su lado. Le tomó la mano. El se sobresaltó, la miró extrañado. La vio pequeña, marchita, lastimera. Qué le pasa a esta chica, qué quiere conmigo. Se alejó, restándole importancia. Más allá, entre los árboles, lo esperaba su mujer con el hijito a upa.
Subió al camión ayudada por el hermano. Los otros, los más chicos, la siguieron a los empujones. Risueños, sudorosos, entusiasmados se fueron ubicando como podían. Ella se sentó en un rincón, aislada, el pelo lacio tapándole la cara, cubriéndose las rodillas con la pollera, los brazos cruzados sobre sus pechos. La cabina estaba repleta de muchachones chistosos y algunas chicas sonrientes, alborotadas. Se codeaban, se miraban de reojo, se tomaban de las manos. Ella se puso de pie y se acurrucó entre los hermanos. Ellos no le hicieron caso, tan contentos, tan entusiasmados por llegar. Iban cerca del pueblo a ver el partido de futbol en el camión del puestero. Ella se contagió de las risas e hizo algunas bromas tímidas, tapándose la boca. El camión iba dando tumbos por el camino, levantando polvareda, llenándolos de tierra. Ella cayó, en una sacudida, en los brazos de un hombre. El la tomó, la apretó contra sí. Ella sintió una descarga eléctrica por todo su cuerpo y supo que estaba perdida. El la soltó con cuidado y le dedicó una sonrisa. Ella se confundió y en lugar de sonreir se echó a llorar mientras con una mano silenciaba las mariposas que aleteaban en su vientre. Entre lágrimas levantó la vista. Es mi hombre, se susurró. Es mi vida, mi corazón, es mi pecho, mi canción. Ay, mi amor, apaga mi fuego, contiene mis ansias, aquiétame. Bajaron del camión a los empujones, él de un salto sin siquiera mirarla. Ella corrió, tropezó, se arañó los brazos entre los chañares, se lastimó la cara. Entre tanto, bombos y timbales golpeaban cada vez con más fuerza sus entrañas. Ella se le puso a la par, lastimada, sucia de tierra y de sangre, decidida a abordarlo. Desquiciada. Nos escaparemos juntos, nos iremos una noche, me quedaré a tu lado, mi amor, trabajaré duro, seré tu mujer, seré tu vida. Mi dueño, mi amor, mi hombre. Muerta de pasión y de ansiedad, caminó a su lado. Le tomó la mano. El se sobresaltó, la miró extrañado. La vio pequeña, marchita, lastimera. Qué le pasa a esta chica, qué quiere conmigo. Se alejó, restándole importancia. Más allá, entre los árboles, lo esperaba su mujer con el hijito a upa.
Crónica sobre ella.
No es sobre una mujer exitosa y segura de sí. Es sobre una mujer de 65 años, trabajadora, que está aprendiendo a vivir sola. Es sobre una madre muy atenta y todavía sin nietos, que quiere escribir no importa cómo, a la que le gustan las palabras y juega con ellas. Con las palabras, una detrás de otra. Las lindas, las armoniosas. Las palabras largas, las palabras viejas. Es sobre una mujer que se anotó en el curso, que fue a clase muy emocionada. Y le gustó. Es sobre una mujer que escribe y no lo muestra a nadie. Es sobre una lectora intempestiva, es sobre una lectora apasionada. Es sobre una mujer que anota en papelitos sueltos escenas que le gustan y los pierde, que escribe lo que le pasó a los otros. Y lo olvida. Que sabe algunas cosas, yo lo sé, aunque no sepa nada.
Es una crónica sobre una mujer que todavía tiene fuerza.
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