martes, 20 de mayo de 2014

Confesión

por Mary Smukler

Me sorprendió mucho la llamada de Elisa y más aun que me pida que nos reuniéramos. Elisa era una de mis amigas “del Colegio”. Nos llamábamos para los cumpleaños, o Navidad, o Pascua, todo a veces, pero desde la reunión por los 50 años de egresadas, no nos veíamos. Nos citamos en una confitería (A esta altura de mi vida evito las invitaciones en casa). Y fui.-
Al llegar fue el saludo acostumbrado “se te ve bárbaro” “genial” “estás igual que siempre”, aunque sin decirlo vi las arrugas, el andar vacilante y una mirada opaca, sin brillo, cargada de “un no se qué” que no era, precisamente efecto de la edad. Supongo que ella también me vio más vieja aunque  yo trato de disimularlo. A los 70 años tenemos cosas que ya no se pueden disfrazar.-
Intrigada por el motivo de su llamada, traté de llegar a dilucidarlo.-
  Hablamos un poco de “y tu salud”, “tus hijos”, “tus nietos” “están grandes” cuando llegó al fondo de la cuestión.-
Mirá Marta, te voy a explicar porque quería hablarte. Siempre fuiste muy discreta y sé que puedo compartir con vos mi secreto; siempre supiste escuchar.-
Bueno, contame, le respondí, ya un poco intrigada.-
Marta, hace 20 años maté a mi suegra. Mi expresión -creo- mezcla de sorpresa, horror y estupor se debe haber traslucido en mi cara.-
No no, no fue con un arma ni nada por el estilo; estuvo 10 años postrada y eso agudizó su mal carácter. Vivía en mi casa; Horacio no estaba todo el día, yo entonces tenía los dos cargos en la escuela, y una empleada doméstica una vez por semana. A medida que pasaba el tiempo estaba cada vez  peor: intolerante, demandante y agresiva. Sufría de incontinencia y se negaba a usar pañales. Me pasaba los días lavando sábanas y camisones (por suerte no se había dado cuenta que le había puesto un protector al colchón).-
Cuando yo estaba en el trabajo y los chicos en la escuela, venía una vecina (santa mujer) para acompañarla. Se la pasaba hablándole mal de mi, quejándose y, “pobre mi hijo, la mujer que tiene”. A todo esto Horacio no se ocupaba de ella, pero para él todos eran elogios.-
No se le podía mencionar un geriátrico, se enloquecía. Además nuestra situación económica entonces no era buena.-
Llegó un momento en que, si tardaba en atenderla, me gritaba de todo y le pedía a Horacio que se buscara otra mujer. Yo estaba agotada, física y mentalmente. Deseaba que se muriera y.....al final, dejé de darle su medicación, si, Marta, le provoqué la muerte. Le reemplazaba sus pastillas por aspirinetas. Empezó a empeorar, su corazón lleno de odio, flaqueó y murió.-
Lloré su muerte, pero no por ella  sino por mí, por el cargo de conciencia que tenía y que llevo soportando 20 años. Ahora Horacio ya no está, los chicos tomaron su rumbo, y esto tenía que decírselo a alguien.-
¿Recordás que en 3er  año nos hicieron leer “Crimen y castigo”? ¡Cómo me acordé en estos años de ese libro! Creo que me sentía como Rascolnicov. Tenía que confiar en alguien.-
Estoy enferma, sé que voy a vivir poco. Perdoname Marta. No me digas nada, te pido que no me acuses ni me justifiques. Gracias por oírme.-
No sabía que decirle, le ofrecí otro café, traté de disimular lo que yo sentía.-
Casi enseguida nos despedimos con un: nos llamamos o nos vemos. Pero no sé, creo que en el fondo se sentía mejor. Pero yo estaba segura de que no la vería nunca más.-
Ahora, me quedó una duda: ¿Cómo me libero de este peso tan grande que me dejó?

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