por Celina Bertimeu
Sus ojazos negros me miran esperando la moneda. No aguardan un juguete ni una golosina, solo la moneda. Estaciono el auto y me acerco. Retrocede, me teme. Lleva pantaloncitos cortos y un buzo. En los pies ojotas. Y los mocos colgando.
La saludo, le acaricio la cabeza. Da un respingo y mira hacia atrás. Una mujer se le acerca con un bebé en brazos y el otro colgado de una de sus piernas. La conozco. Es la chica que hace pocos años se paraba en esa esquina con pantaloncitos cortos y ojotas. Y con los mocos colgando. Que pedía una moneda.
Hoy parece una vieja.
Abro mi cartera y saco todo el dinero que tengo, el que llevo para la compra, y se lo entrego. Ella lo toma y da un paso atrás. “Dios la bendiga”-me dice con un hilito de voz.
Doy la vuelta, me alejo vacilante. Qué hago con mi culpa, donde la meto. Los chicos en la calle bajo el frío y yo en el auto caldeado. La madre, una niña también. Se me empañan los ojos y no quiero, qué gano con lágrimas. No arranco el auto, me quedo.
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