Rodeando al pueblo, en medio del río seco, pedregal y desierto, jarilla, pichana y tusca, descubrías una pequeña habitación. Su color en algún momento fue blanca, ahora era de un gris opaco salpicado de barro. Al abrir la puerta, en una repisa estaba un cráneo humano y rodeando las paredes flores y velas ardientes.
Siempre me pregunte a quien pertenecía y porque la devoción de la gente que lo visitaba especialmente los lunes
Con el tiempo me entere, su nombre era Vazquecito y los antiguos habitantes del lugar, cuentan que allí, clandestinamente se encontraba con su amada
Un día un lugareño encontró su cuerpo con una tremenda puñalada en el pecho.
Con el tiempo comenzaron a contar los milagros que se recibían en agradecimiento levantaron la pequeña capillita.
Pero acá no termina todo, dicen que por las noches, detrás de una luz amarillenta, puede verse a un hombre sin cabeza, acompañado de llantos, gritos y lamentos, que solo desaparece con las primeras luces del nuevo día.
Yo no escape a su hechizo y más de una vez, en épocas de exámenes, concurría con el número de bolillas estudiadas, escritas en un papel y las introducía en los agujeros de sus ojos. Esta salvajada me daba seguridad frente al bolillero, pero no las palabras necesarias para defender mi trabajo.
Hace cuatro años en la iglesia del cementerio, descubrí su cabeza, pienso que su pequeña capilla fue devorada por las aguas embravecidas cuando el rio crece.
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