por Myriam Zubiarrain
Estoy frente a mi caja de fotografías, las recorro una a una, comienzo por las pocas que tengo de mi infancia, en ésta tengo alrededor de 18 meses y estoy con mis padres y hermana en el palomar del parque Independencia en Rosario, era redondita y por la forma en que fruncía mis ojos me molestaba el sol, como ahora. En ese recorrido continúo con la que estoy en el patio de casa con mi hermana, ambas tenemos nuestras muñecas que nos acompañan, noto una sonrisa pícara, me agrada, siguen las de la escuela con mis compañeros, en las reuniones familiares, con mi abuela en el mismo parque cerca de mis 12 años un 20 de junio después de haber ido a festejar el día de la bandera en el monumento.
Así voy recorriendo una a una y me encuentro con las de mi adolescencia, las fotos de la fiesta cuando me recibí, las de mi noviazgo y casamiento, embarazos, nacimientos de mis hijos y a medida que avanzo tomo conciencia de la vida transcurrida.
Me miro en el espejo y no puedo reconocer ni a esa niña, ni a esa joven, mi cuerpo se ha transformado, ha perdido las formas de por aquí y allá, me ha ganado la celulitis y la flaccidez, encuentro que mi rostro tiene múltiples arrugas, que Cata, la pequeña hija de mi compañera de trabajo dibujando al equipo de lo oficina dice, éstas son las arruguitas de Myriam; “esta no soy yo”, digo con cierta tristeza al verme; pero sí, soy, con todos los cambios que el tiempo y la vida se han puesto de acuerdo en producir. Soy, con mis 60 años vividos, donde contabilizo muchas tristezas y angustias, pero también muchos y enormes momentos de felicidad.
Tengo una familia de la que muchas veces reniego, pero a la que recurro ya sea para homenajearlos en una comida como para llorar mis debilidades.
Estoy viva, y tengo el trabajo continuo de intentar disfrutar cada momento, cada actividad y ese es el costo, por eso vivan las transformaciones, la celulitis y las arrugas. ¡Esta soy yo!
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