por Myriam Zubiarrain
Se miraron por primera vez. Ella pensó –qué desagradable este tipo, seguro que es un mal bicho. Siguieron tratándose, él pasó a ser su jefe, seductor, simpático, adulador, conectado con las cosas que a ella le interesaban.
De pronto se lucía con el I chin, de pronto con el tarot o con el horóscopo chino; lentamente ella se olvidó de esa primera impresión (aunque solía decirse que tenía que confiar en su intuición, aquella que aparecía junto a la primera mirada o al primer contacto).
Sus miradas se cruzaban cada vez con mayor frecuencia, sus manos se rozaban en diferentes circunstancias, y las palabras perdían la prosa para transformarse en poesía.
No tardó mucho en sentirse totalmente atraída por ese hombre, que de golpe se convirtió en el ideal, ese que le permitía fantasear con salir de esa rutina abrumadora de marido aburrido, centrado en sí mismo, incapaz de pensar en ella, amigo de sus amigos por los que se comprometía hasta poner en juego no sólo sus valores sino hasta sus bienes. Ese marido con quien había soñado una vida de aventuras, de proyectos, de viajes y que después de veinte años de estar juntos, y no haber alcanzado ni proyectos, ni vida aventurera y habiendo logrado viajar no más que a San Clemente o alguna otra playa del municipio de la costa, habían perdido el buen humor, la alegría y hasta el deseo; ese deseo que en su juventud los mantenía vivos y felices, que les permitía encuentros en toda circunstancia, cada vez que se rozaban, se miraban o tocaban.
Ahora ya apagado ese deseo, creyendo y sintiendo que su vida sería por siempre gris, monótona y aburrida, reapareció la emoción, el cosquilleo en su pecho y su espíritu, sonreía, se sentía feliz, hermosa, vital y con ilusión. Comenzó a vestirse especialmente para ir a trabajar, y las horas y días pasaban aceleradamente, provocando cada vez más proximidad entre ese hombre, con su aroma tan particular, y ella que disfrutaba y se ilusionaba, se ilusionaba y disfrutaba, sentía un temblor en su cuerpo, se sentía arder con sólo mirarlo. Se imaginaba en sus brazos, sintiendo la humedad y el calor de su boca, y muchas noches soñaba con él, con un encuentro íntimo; en sus sueños vívidos pudo sentir el contacto con su cuerpo y se sintió penetrada por él.
Y por supuesto ese momento llegó, en esa oficina se produjo ese encuentro sin frenos, que los hizo buscarse una y mil veces en escritorios, entre documentos, acorralados entre las paredes. Fueron horas o tal vez no, de pasión, de goce, se dejó arrastrar sin pensar en nada ni nadie, creyó ser feliz.
Al día siguiente en esa oficina, entre esas paredes, en esos escritorios y rodeados de todos los documentos se trabajó con normalidad.
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