jueves, 10 de julio de 2014

Dueño y señor

por Celina Bertomeu

Con la cola colgando de la rama más alta y su cabeza apoyada en un colchón de hojas tiernas,  el gato se lame los bigotes.  Acaba de comer un ratón,  uno de los grandes.  Es noche cerrada y de la casa no se escucha un solo ruido.  Sus patrones lo trajeron a la isla por las vacaciones. Le costó acostumbrarse pero ya se siente a sus anchas. Dueño y señor.  Así pasó el día, en la rama del sauce.  Acechando.  Sacudiéndose con la cola los mosquitos los jejenes y los tábanos.  A la tarde cruzó el patrón con el machete entre sus manos  cortando cañas acá y allá, abriendo un sendero  hacia el terreno de atrás hacia los naranjos y el gigantesco sauce del centro.  Tanta vegetación, tantos juncos y totoras.   Al gato le gusta la noche. El corazón mismo de la noche. El corazón de la noche en el monte. Los aromas. Los colores de las sombras.  Todo para él. Hoy la luna traspasa el follaje, se escucha el concierto de ranas. Y de grillos. Un silbido entre las hojas, las víboras. De a ratos el salto de los peces en el río. El gato se incorpora levantando con el hocico las hojas del sauce.  Salen disparadas hormigas y cascarudos. El gato juega con ellos empujándolos con sus zarpas.   Las pavas del monte alborotadas esconden la cabeza entre las alas. Le temen. Los caburés  se acurrucan entre las vigas de la casa. El gato les clava su mirada verde, pero esta noche no. Está saciado.  Se despereza, se lame la cola. Escucha el agua que pega en el terraplén una y otra vez.  Una y otra vez.   A lo lejos un motor de barcaza. El susurro del río, los olores. 
Bajo el sauce, la noche sigue acompañando al monte.   


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