por Virginia Amado
Sentada en un bar del centro miro la vida de la ciudad, las personas que pasan para sus trabajos, los estudiantes, los chicos de las escuelas. Observo sus ritmos tan diferentes.
De fondo, la música de Maná y ”Mariposa traicionera”. El aroma a café inunda el ambiente de antiguo y conservado mobiliario. Creo que aunque miro, soy una mujer sin mirada.
Hay personas solas, parejas, amigos. Gente que se saluda. Rostros anónimos que vienen y van. Un perro entra, camina entre las mesas y sale.
Ellos no saben que para mí son días especiales, extraños y nuevos. Hago lo de siempre: tomo mi café cortado garabateando papeles donde dejo improntas de este acontecer. Los guardo en un libro que también atesora una flor y una dedicatoria de algún momento ido. Releo una cita de Galeano: “No te pido que me des. Te pido que me pongas donde hay”. Los libros me gustan, guardan historias…aunque hoy la historia es otra.
Ha llegado el día: mi profesión formó parte de un tiempo que hoy finaliza. Aunque hace meses que reúno papeles, completo planillas y recorro oficinas , nunca me había detenido a pensar en este día puntual. Puedo verlo como un círculo que transito en mi pensamiento desde el principio al cierre. No es el único, he cerrado unos, he iniciado más, he dejado algunos sin cerrar. Podré comenzar otros? La sensación de que no es a mí a quien le sucede me sobreviene de tanto en tanto. Habrá vacíos, lo intuyo. Me digo que algo más tendré que
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hacer para mis horas, y aunque el futuro sea incierto y haya que ir aprendiendo de a poco a envejecer bien, me gustaría construír algo, lindo y bueno, con alegría y los que amo cerca. Este paso va con nietos de la mano. Lo que haga deberá mezclarse conmigo, teñirse con mis ganas, con lo que soy, tengo y pueda ir armando mientras convierto al tiempo en aliado. Quizás para algunas cosas no sea tarde. Falta aún ir decantando en el devenir de los días. Quiero verme, con dudas y certezas, aprender a compensar pérdidas, algo para mí.
Escribo estas lucubraciones en la servilleta de papel. Antes de salir, la doblo y leo el nombre del bar: “El Pasaje”. Pienso que también yo atravieso un pasaje. Mientras guardo la servilleta en la cartera siento un temblor. Salgo a la calle y camino. Una brisa fresca me estremece . Aún quedan senderos por recorrer. El sol ya se ha ocultado y asoma tímida una luna entre los árboles. Me atrevo a pedirle un deseo: que pueda encontrar en lo que haga de cada día motivos para disfrutar , ratos de compañía y que no me falte amor.
La mirada del mundo se detiene en mi mirada mientras atravieso la plaza desierta…¡Qué lindo el tiempo de la escuela, los Jardines de Infantes, los rostros de tantos niños , padres y compañeros! Tesoros los alumnos en la hermosa tarea de enseñar y aprender que abracé por años. Lo que hoy finaliza es eso, pero no la vida y la vida aún la tengo.
-Algo haré- me digo mientras busco la llave en la cartera. Al hacerlo, mi mano roza la pequeña servilleta. Estoy contenta. Son ciclos.-Me tengo a mí-repito, y el deseo de algo por descubrir. En lo desconocido tal vez encuentre. De perder me canso.
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Mientras abro la puerta para entrar, en el cielo de la calle donde vivo la luna brillante y compañera, ilumina mis pasos. Ella ya sabe lo que me depara el nuevo tiempo. Yo en cambio, tendré que buscarlo.
Estoy empezando a esperar los lunes. Voy a talleres a los que concurro contenta y disfruto con el alma. Hay tanta gente linda, de esa que pareciera atravesar los mismos caminos por los que ando. Tienen proyectos y la virtud de sacar belleza de su interior; nostálgicas vivencias o derroches de ternura. Hablemos de lo que hablemos, estamos hablando de nosotros, aún en lo diverso. Solemos emocionarnos, nos reímos, a veces también nos enojamos, pero pronto pasa, y de repente, florece la creación. El acto creativo es tan grande aunque sea pequeño y parezca trivial o insignificante, que resulta sanador, aúna, es energía en acción y es movimiento.
Magias del compartir. Cuando uno siente el placer de una actividad y ésta es entre varios, se establece un hilo conductor de comunicación que nos iguala y nos amarra con nudos de palabras y emoción. Las alas se liberan. Como si a medida que el tiempo pasara, lejos de estar estáticos, quisiéramos recuperar alguna que otra hora perdida, aquello que nos quedó pendiente y seguimos en la búsqueda.
PEPAM es el espacio de encuentro. Allí cultivamos la amistad a través de la confianza
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que vamos construyendo. Un ámbito compartido de afectividad, placer y buen clima que motiva y enriquece.
Recuerdo la recepción del profesor joven, el primer día: “La narración tiene magia y uno narrando crea mundos”
No sé en verdad si de estos Talleres saldré convertida en una escritora, quizás no importe tanto. Lo que sí sé es que encuentro en ellos herramientas para mi vida personal, una cierta seguridad y contención dada y recibida que hace que reconozca mi valor en el intercambio. No me invade y me permite asombrarme de lo que llevaba en mí y tal vez desconocía. Se puede descubrir que escribir quita el aire y da respiro, expresa sabores amargos y momentos felices. Es que PEPAM promueve lindos grupos: si leo me escuchan; si leen los escucho. Tal vez la palabra en principio no sea descollante…ya vendrá la indicada mientras los profesores acompañan con su templanza y estímulo. Están cerca motivando, moderan con vistas a crecer y alientan las expresiones. Que hayan elegido este espacio para trabajar con adultos mayores habla de su vocación.
Momentos que me procuro y son tan necesarios para que alguna tristeza que anda por los bordes del alma, se vista de tonos pastel: acuarelable amarillo de luz, rosada ilusión, verdes muy tenues, violeta de la energía, naranja vibrante y azul claro en un cielo que espanta grises porque aún espera días de sol. Maravilla en las letras que danzan. Y si danzan letras se arma la historia; mi historia…nuestra historia.
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