lunes, 17 de noviembre de 2014

El día que me sentí un héroe

Por Raúl J. Jasale

El profesor Mariano nos dio como una de las consignas propuestas, escribir sobre algún acto  de guapeza que hubiéramos protagonizado.
Me puse a pensar y no recordé nada que pudiera presentar como tal.  No tengo nada de guapo -me dije- y por lo tanto no tengo nada que contar.
Pero buceando en mi memoria vino a mi mente un hecho que si bien no fue realmente de guapeza, me hizo sentir como un héroe.
Eso ocurrió en la época en que estaba cumpliendo el servicio militar obligatorio.
Más allá de todo lo malo que se hablaba de la conscripción, como también se llamaba, lo cierto es que al ponerme el uniforme de soldado yo sentía que estaba cumpliendo con un deber ciudadano y lo vivía por momentos hasta con cierta emoción, como cuando se saludaba a la bandera.
Estaba mi cabeza, con mucho de idealista, que era el año en que uno debía servir a la patria, aunque más no fuera con las simples cosas que el soldado podía hacer en el cuartel.
Más de uno, si hubiera conocido esa vivencia interior que yo tenía, lo menos que me hubiera calificado sería de ingenuo. Seguramente hubiera recibido algún epíteto nada suave. Es que había una aversión generalizada al servicio militar, que debía cumplirse por ser una obligación legal, no por propia elección.
Un día me tocó hacer guardia en la entrada principal del cuartel, el Batallón Depósito de Arsenales 601 “Domingo Viejobueno”, que quedaba sobre el camino General  Belgrano, a la altura de la localidad de Bernal. Era raro que se me hubiera designado a mí en ese puesto de guardia, para el cual siempre se elegía a un soldado de mayor contextura física y altura que la que yo tenía. Realmente mi baja estatura y cuerpo diminuto no concordaba con una “buena presencia” en el lugar más visible del cuartel, mirando desde el exterior.
Recibí la  novedad con alegría. Además de sentir más responsabilidad que nunca al cumplir la guardia en ese lugar, ello tenía la ventaja de ser menor el tiempo en que uno quedaba apostado, ya que era el primer puesto en ser relevado una vez cumplidas las dos horas reglamentarias. Los soldados que lo hacían en los puestos interiores, a bastante distancia de la sala de guardia, debían aguardar el relevo más tiempo, hasta que llegara el camión que recorría uno a uno los diversos puestos, ubicados bastante lejos, en los límites del extenso predio militar.
Ya apostado en el puesto asignado, todo transcurría con normalidad,  sin que nada alterara la tranquilidad de la noche. Casi no había tránsito automotriz a esa hora. Claro, hay que tener en cuenta que muchos años atrás el  flujo de automotores durante la noche en esa zona era escaso.
Así estaba el panorama cuando un hecho inesperado vino a interrumpir la calma.
¿Qué ocurrió? Que de pronto vi llegar apresuradamente a un señor, con preocupación en su rostro, procedente de la villa contigua al cuartel, llamada Monte Chingolo. Inmediatamente se dirigíó a mí, pidiendo ayuda, no sin cierta angustia. Me refirió que su mujer estaba por dar a luz, por lo cual solicitaba un medio para llevarla a un centro adecuado para la atención del parto.
La mujer, en ese estado, lo acompañaba.
Me conmovió la escena. En ese momento pensé cómo ayudarlos.
No había ningún vehículo a la vista. Mientras miraba para aquí y para allá, me preguntaba qué debía hacer.
Tenía bien presente las consignas de la guardia y posiblemente entrar en acción de alguna manera descuidando mi lugar y mis obligaciones como soldado de guardia me podría traer consecuencias disciplinarias.
Contagiado por la ansiedad de esa gente observaba nerviosamente el camino General Belgrano y  lo veía desierto: ningún automóvil se avistaba.
No pasó mucho tiempo y de pronto vi que se acercaba un viejo colectivo. Como un acto reflejo, rompí el dilema que tenía en la cabeza que era mantenerme en mi misión de guardia y ser impermeable a la situación o decidirme a hacer algo en ayuda de esa gente, aunque cometiera alguna infracción a mis obligaciones.
¿Qué hice? De un salto avancé hacia la calzada, como poniéndome de frente al colectivo que venía, apunté hacia el mismo con mi ametralladora de mano y así hice que el colectivero  detuviera la marcha. Rápidamente le impuse de la necesidad, pidiéndole su colaboración para transportar a la parturienta a algún centro de salud para ser atendida. Ella y el hombre subieron al colectivo y los vi desaparecer. Si la memoria no me traiciona creo que el colectivo venía sin pasajeros.
¡Qué extraño y qué paradójico! ¡Tuve que usar una ametralladora para cumplir con mi conciencia!
Pero qué aliviado quedé.
Más que eso. La verdad -debo decirlo a manera de confesión- que cuando hice lo que hice se me inflamó el pecho con una rara emoción. 
Me sentí en aquél episodio como un héroe, aunque quedé como héroe anónimo. Nadie se enteró de lo sucedido. Se ve que desde la sala de guardia, que no estaba lejos de la entrada principal del cuartel donde yo cumplí esa guardia, nadie advirtió lo que había pasado. Durante una noche de guardia debían cubrir el servicio un jefe de guardia, un sargento de guardia y un cabo de guardia, pero generalmente no estaban todos a la vez, sino que se turnaban. 
Yo por mi parte no conté el episodio a nadie. Solo más adelante, en mi retorno a la vida civil relaté ello pero en contadas ocasiones.
Ahora, que en este taller de escritura “he desarchivado” ese recuerdo, tengo otra visión de ese acto heroico: ya con la madurez de los años y “con los pies en la tierra” sigo pensando que fui un  héroe, pero un héroe muy particular: ¡Fui “un héroe de papel!

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